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VERÓNICA PALLEIRO - PORRIÑO La parroquia de Cans, en Porriño, es conocida en el presente por el festival audiovisual que acoge desde 2004. Sin embargo, el nombre de la parroquia sonó con fuerza ya en 1955, cuando el 26 de febrero fallecieron 31 personas carbonizadas en un autobús que, tras volcar, ardió en llamas. Además de una treintena de muertes hubo once heridos graves y dos leves que han tenido que vivir con las secuelas psicológicas y físicas de aquella tragedia.
En memoria de las víctimas se erguió en la fatídica curva de Cans un monumento de piedra en el que todavía hoy podemos leer textualmente: “Este monumento fue costeado por los residentes de Buenos Aires de Entienza, Mos, Porriño, Salceda y Tuy”. De todos los municipios señalados viajaban vecinos en el autocar siniestrado.
En la actualidad, más de cincuenta años después de la catástrofe, el monumento continúa en el mismo lugar pero visiblemente deteriorado, sucio y sólo adornado con unas flores secas y unos cirios apagados.
Al igual que continúa la piedra erguida, continúan los recuerdos imborrables de los familiares de las víctimas. Es el caso de Carmen Fernández, natural de Budiño, que este viernes se acercó al monumento junto a sus hijas Alicia y Ángela Martínez. Las tres son sólo parte de una de las muchas familias que padecieron la catástrofe.
“Entereime porque me viñeron avisar, recordo que era un día de neve”, relata Carmen, que aquel 26 de febrero se quedó viuda con 27 años y dos bebés; una de 2 años y otra de 9 meses.
En el autobús viajaba su marido Jesús Martínez, de 33 años, y sus hermanos Ángel, de 37, y Élida de 42. Los varones perecieron en el accidente y la mujer fue una de las heridas que días después fallecía en un hospital de Pontevedra como consecuencia de las quemaduras.
“Durante anos moitos familiares viñan aquí a encender unha vela polos falecidos pero co paso do tempo deixouse de facer”, explica Carmen Fernández.
Sus hijas, Alicia y Ángela, eran demasiado pequeñas y no recuerdan nada de lo sucedido; pero como consecuencia tuvieron que crecer sin un padre. Cuando se hicieron mayores pudieron leer el relato del accidente en las “historias” que vendían los ciegos en las fiestas.
Su padre y sus tíos eran ganaderos y como todos los demás viajeros se dirigían aquella fría mañana invernal a la feria de Ponteareas para hacer tratos de ganado; unos negocios que el destino impidió cerrar. “Naquel tempo muita xente traballaba co gando, porque non había fábricas nin outros medios para vivir”, destaca una de las hijas.
Las tres mujeres saben que ésta ha sido una tragedia sin precendentes en la zona y que, como a muchas otros vecinos, les ha marcado la vida. Sin embargo, ya no buscan culpables de lo sucedido hace medio siglo.
En aquel accidente uno de los que se salvó fue el conductor, Antonio González Cabaleiro, hijo de la propietaria del autobús, la Empresa Viuda de P. de Pote, Josefa Cabaleiro. Por ello, la impotencia ante la tragedia llevó a algunos a culpar al conductor de lo sucedido.
Sin embargo, finalmente se averiguó que el accidente se debió a la rotura de una ballesta que hizo perder el control del automóvil llevándolo a chocar contra un poste de granito y después a volcar.
“Eu creo que o conductor non tivo culpa, xa bastante trauma lle quedaría polo que pasou, debeuse a que o autobús non estaba ben para circular”, relata Carmen quien inevitablemente, cincuenta años después, se emociona al recordar lo vivido y el sufrimiento de los familiares tuvieron que desplazarse al lugar del accidente para identificar a las víctimas, muchas de ellas con los rostros carbonizados.
Mueren carbonizadas 31 personas que viajaban a la feria de Ponteareas
Un autobús de la empresa P. de Pote con cincuenta pasajeros a bordo se incendió en Cans a las 9.30 horas, el 26 de febrero de 1955, tras de chocar contra un poste de granito y volcar. Como consecuencia fallecieron carbonizadas 31 personas, 11 resultaron heridas y 2 ilesas. Son los detalles de la mayor tragedia de circulación de la comarca.
La causa perece ser un fallo mecánico del autocar; la rotura de una ballesta llevó al conductor a perder el control del vehículo. El hecho de que fuese invierno y que las ventanillas estuviesen cerradas, el exceso de viajeros o la escasez de puertas son otros de los agravantes para explicar la tragedia.
Cuando el autocar comenzó a arder, los vecinos de la parroquia intentaron sofocar las llamas con calderos de agua a la vez que oían las voces desesperadas de socorro. Entre los rescatadores, destaca la figura del maestro de la escuela de Cans, situada frente a la fatídica curva. Carlos Díaz rescató a varios viajeros, entre ellos el conductor, accesible por tener puerta propia.
Las víctimas con quemaduras más severas fueron enviadas directamente a sanatorios de Vigo y los heridos fueron atendidos en la propia escuela, haciéndoles sitio a los cuerpos retirando los pupitres. El maestro Carlos Díaz aseguró entonces haber recurrido, incluso, a grasa de cerdo para, a su entender, aliviar las quemaduras.
Minutos después del accidente llegó a Cans un autobús de la compañía Ojea que también realizaba la misma ruta. Sus viajeros bajaron para que subiesen a los heridos y trasladarlos a los hospitales.
Los vecinos de la parroquia hicieron lo que las dimensiones de la catástrofe les permitieron. Colaboraron aportando ropa y los primeros materiales para hacer las curas de urgencia por parte del primer médico en llegar, el doctor don Eliseo Sobrino Conde, ayudado después por el médico de la ambulancia de la Cruz Roja, Manuel Díaz Mella.
Todos estos datos podemos conocerlos hoy gracias a la formidable labor informativa realizada entonces por dos enviados especiales de FARO DE VIGO: Santiago Vilas y Francisco Carrera Domínguez. Las imágenes de la tragedia fueron capturadas por el fotógrafo Tomás.
Los medios existentes en la actualidad quizás hubiesen mitigado las dimensiones de la catástrofe pero en la época la colaboración vecinal fue clave.
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