10 de enero de 2018
10.01.2018
escambullado no abisal

La rentabilidad del sentimiento

10.01.2018 | 01:39
La rentabilidad del sentimiento

A esta directiva del Celta -consejo y ejecutivos- siempre le ha costado comprender el componente emocional del fútbol. Su gestión económica es excepcional. Han construido un proyecto deportivo consistente. Están ampliando el patrimonio del club. El sueño de Mouriño de una entidad solvente y dinámica va avanzando. Sin embargo, la opinión pública está dividida. Cunde el desapego. Las gradas se despueblan. Por muchas razones, claro: controversia política, horarios, incomodidades de la reforma... Pero también por una cierta desconexión espiritual que se retrata en el caso Sergio Álvarez.

Quizás esa falta de empatía, ese especie de síndrome de Asperger que les impide interactuar de forma fluida con la afición, proceda del trauma inicial de su mandato. Este consejo sobrevivió a un primer lustro de impopularidad. Y no ha abandonado el búnker mental en el que tuvieron que refugiarse. Es una gran directiva porque gobierna sin que le importe la mudable exigencia de los hinchas. Pero falla porque no le importan sus sentimientos.

El Celta no le niega un segundo año de contrato a Sergio -que aceptaría otra fórmula, un gesto- por capricho. Diseñó hace años un plan a largo plazo para la portería que ni siquiera tocó cuando Berizzo quiso fichar. Rendimientos y edades cuadran. A Sergio lo evalúan como en cualquier empresa a un empleado; como a cualquiera de nosotros, con frialdad analítica.

Pero el Celta no nació para ser una empresa más, aunque el éxito de Mouriño se base en manejarlo como una empresa. También existe como ficción: de hermandad, de comunión. Al final, si se retira la corteza del negocio y el espectáculo, más allá de los goles, las victorias y los jugadores, su producto es el sentimiento. Un universo simbólico que no aparece en los balances de María José Herbón pero que está ahí, como sustento de sus cifras.

"Esto no es una ONG", suele decirse en estos casos. Sergio no necesita caridad ni filantropía. Le defiende su rendimiento. Tiene detractores, como cualquiera. Pero se ha comportado como titular y como suplente, en cualquiera de los vaivenes del fútbol. Es competidor y compañero. Y sí, posee el valor añadido de su biografía: catorce años representando esos valores de fidelidad, honradez y esfuerzo que el club pretende inculcar a sus canteranos. ¿Cómo sostener tal discurso si a Sergio le regatean lo que han entregado a jugadores menos implicados? ¿Cuánto dinero se gastará el Celta en anuncios promocionando justo lo que Sergio encarna?

Las colas del paro están llenas de Sergios. Gente a la que nunca le premiaron las horas extra, los desvelos que el contrato no incluía, la juventud malgastada. Pero no nos inventamos el Celta como prolongación de nuestra vida, sino para imaginar que existe un mundo en el que tales cosas sí importan. Es también lo que compramos con la camiseta y el abono. Si esto es solo un espectáculo, nos levantaremos del asiento cuando el juego se deteriore como nos vamos del cine si la película nos desagrada. Ya sucedió en otra época. Invertir en alguien como Sergio es, sobre todo, rentable.

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