15 de julio de 2016
15.07.2016

Peregrinos

15.07.2016 | 04:55

Aún sin disponer de conocimientos ni base científica alguna que me avalen he alcanzado un alto grado de discernimiento y alejado de todo ejercicio de soberbia cultural puedo afirmar dentro de mi ignorancia, que estoy en condiciones de poder hacer un estudio de la tipología del peregrino con el que suelo toparme cuando menos lo espero en esta villa de camino a Finisterrae.

Raro es el día en que no tenga que encaminarles al verdadero camino, y no digamos las veces que después de un buen trecho en sentido contrario o incluso lleguen a la villa siguiendo la autovía en la que se han metido equivocadamente. Por cientos. Y a mí me da cierta vergüenza ajena, además del cansancio que les noto y que supone ir para atrás de balde. Dislates que considero como una pequeña trampa en el solitario. Y no será por falta de indicadores. Comprendo que a veces el despiste sea difícil de separar del cansancio. Si de mí dependiera les haría un sencillo examen de orientación antes de su comienzo.

Echando mano del cajón de la prudencia, con moderación en el gesto y control en las formas, lo que voy a decir a continuación es un hecho notorio de que el verdadero peregrino es el que exhibe su credencial en una cara en donde aflora su conciencia de beatifica súplica y gratitud. Muy pocos. Los deportistas, cada vez más. Los pandilleros, jóvenes en plan de fiesta, fin de curso o vacaciones en aumento. Los familiares, cada uno con un motivo diferente. El solitario que rumia su enclaustramiento. Los indecisos o aventureros que vienen con un perro -o sin él también y que Dios me perdone pero yo por el animal siento más pena- y que se quedan uno o dos días a las puertas del supermercado pidiendo y que pueden ser confundidos con los que cambian de lugar pero no de costumbres.

Hoy ha sido la tercera vez y coincidencia de Australia, tres muchachas en perfecto castellano me preguntaron qué era y para qué servía aquel precioso hórreo, tantos como habían visto en el camino.

Creían que era para guardar a los muertos. Me quedó la duda, cuando se echaron a reír, que entendieran de todo mi explicación al acabar diciéndoles que nunca y menos ahora nos comíamos a nuestros muertos. Cada uno en su ignorancia no es capaz de ver más allá de lo evidente.

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