El entrenador de niños pitbull

14.07.2016 | 04:03

Reciente Campeonato de Balonmano en Moaña, categoría alevín, cuatro de la tarde y un pabellón de colegio prácticamente vacío. Allí nos presentamos algunos padres, diseminados por las gradas, para ver jugar a nuestros hijos. Dos equipos. Uno de ellos, el visitante, compuesto por una mayoría de jugadoras (un solo niño), casi todas de entre once y doce años, uniformadas con camiseta de color rosa; a simple vista, parece un equipo normal. Pero no lo es.

Comienza el partido. Suena el silbato del árbitro. Una de las niñas del equipo rosa da un mal pase que provoca una pérdida de balón y, entonces, para estupefacción de los pocos adultos presentes en la grada, su entrenador empieza a gritarle con los puños en alto si no le da vergüenza lo que ha hecho, varias veces, con una violencia descontrolada. Se enciende y se enfurece con ella. Pide tiempo, detiene el partido y hace que la niña se siente en el banquillo mientras la increpa, inclinado sobre ella, rojo de ira, intimidándola física y verbalmente. El energúmeno ha perdido los papeles en apenas medio minuto de partido. Yo siento un extraño escalofrío viendo el miedo de la niña. Y solo era el principio.

Los siguientes cuarenta minutos constituyeron un auténtico suplicio para los pocos adultos que estuvimos allí presentes, impotentes ante un tipejo que desplegó toda serie de humillaciones contra las niñas, insultos, golpes contra las gradas, palabrotas y una falta absoluta de respeto, no ya por el deporte, sino por la dignidad de los menores que sufren los abusos y el maltrato de un entrenador. Los árbitros no pasaban de los veinte años y terminaron amedrentados igualmente por el energúmeno. Buscamos un delegado de campo o un responsable al que poder reclamar tal conducta, pero no había nadie. La entrenadora del otro equipo era también demasiado joven e inexperta. Solo quedábamos nosotros.

Finalizó el partido y, para fortuna de los niños del equipo rosa, ganaron. Aún así, el energúmeno no se sentía satisfecho. Se dirigió a los árbitros acompañado de otro individuo que vociferaba insultos y reclamaciones mientras empezaba a ponerse violento frente a la mesa. Los padres ya no soportamos más y respondimos en pie, desde las gradas. Llegado ese momento, cuando un grupo de adultos se enfrenta en una instalación deportiva, una voz interior te dice que eso ha dejado de ser deporte desde la primera amenaza impune que hemos presenciado. Pero no es lo peor. Lo más lamentable es descubrir que los padres del equipo rosa, unidos en una diabólica piña final, defienden y vitorean al maltratador de sus propias hijas. Son tolerantes con él, porque tal vez ni siquiera saben discernir entre disciplina y maltrato. Son tolerantes con el sujeto que las hace llorar de miedo y las aterroriza para que corran, se coloquen un metro más allá de una línea o levanten los brazos cuando él grita: "Ataca".

"Ataca", señoras y señores, es el grito con el que el entrenador del equipo de alevines del Club de Balonmano Herencia animaba a sus jugadoras a internarse en campo contrario y enfrentarse a sus rivales. Deseo y espero que alguien, persona o institución, debidamente sensibilizado en la protección infantil contra el abuso y la violencia, tome las medidas oportunas. También solicito al Concello de Moaña, tan involucrado contra la violencia de género, que haga honor al contador de víctimas que sostiene en su palco impidiendo que por sus instalaciones deportivas campen a sus anchas energúmenos que dañan el deporte y la dignidad, en este caso, la dignidad de niñas pequeñas. Si quieren testigos del encuentro, pregunten. Y si buscan antecedentes del energúmeno, también los hay (en internet).

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