Cómo estaban mis padres (futura carta de una hija)

06.06.2016 | 03:43

Cuando era niña, mis padres solían mostrarme a veces unas grabaciones de su infancia cuya calidad era tan baja que conseguían paralizar todos mis sentidos, entendiendo ellos que era el asombro lo que me embargaba, y una emoción parecida a la suya, cuando lo que experimentaba era un sentimiento de tristeza e incertidumbre tan grande que durante muchos minutos apenas podía decir nada, mientras trataba de comprender por qué a mí, y no a otra hija única, me había tocado la lotería de nacer en el seno de esa familia tan terriblemente carente de buen gusto y, por qué no decirlo, de escrúpulos. En esas grabaciones de la infancia de mis padres aparecían unos seres estridentes, unas criaturas vociferantes que respondían al nombre de "Los payasos de la tele", una estirpe de cómicos cuyas principales señas de identidad eran los sacos rojos que envolvían sus cuerpos, las pelucas angelicales, los sombreros y las narices postizas, Miliki, Fofito y Milikito para más señas.

Las imágenes los mostraban cantando ante una enfervorizada audiencia de niños temas cargados de mensajes subliminales que no hacían más que incentivar el machismo rampante de aquellos años ("El auto de Papá"), la adicción a las drogas que acabaría con toda una generación de chavales en los años ochenta ("Cómo me pica la nariz"), o la cultura del capital y del acopio como manifestación suprema de la condición humana ("La gallina Turuleca"). Mis padres, como la mayoría de niños de su generación, aprendieron a gritar bien cuando se les preguntaba cómo estaban, otra estratagema de los cómicos en aras de la evasión y del mantenimiento del statu quo: hay que recordar que eran los últimos años de la transición, los padres de mis padres también dijeron bien cuando el referéndum omitió la monarquía, y luego siguieron diciendo bien cuando el hombre del puño y la rosa les aconsejó entrar en la OTAN, bien cuando la brutal reconversión industrial de mediados de los ochenta, bien al euro y bien a los recortes, porque eran necesarios. Todavía hoy recuerdo a mi bienintencionado padre animándome a gritar bien al unísono de esos niños ochenteros que aparecían en pantalla, aunque lo único que llegó a salir un día de mi boca de siete años fue una especie de baba de la desesperación, una espuma rojigualda fruto de la más salvaje incredulidad.

Vigo, 5 de mayo de 2036

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