El sufragio y el ciudadano

11.02.2016 | 04:46

La situación política sobrevenida a consecuencia del resultado electoral del pasado 20 de diciembre, induce a multiplicidad de comentarios por parte de los medios "formadores de opinión". Hay quien asegura que el sabio pueblo español ha votado un cambio radical del desarrollo y praxis política que conocemos hasta la fecha; otros afirman que se ha terminado la "vieja política partitocrática" y que se impone la multirrepresentatividad; también hay quien sostiene que el pueblo soberano ha dejado atrás su paso por las urnas un jaleo de padre y muy señor mío; y por último he alcanzado a oír en una tertulia televisiva la opinión de que, a veces el pueblo se equivoca, como lo prueba la situación de inestabilidad que atravesamos, que producirá la necesidad de nuevas elecciones en un futuro próximo.

Esta última opinión me recordó el conocido y olvidado "sufragio censitario", que era el emitido por los que pagaban el "censo" -25 pesetas anuales- en el histórico régimen político llamado "Restauración", porque se pensaba que los médicos, abogados, profesores, comerciantes, industriales, y, en resumen, toda la gente que "pagaba el censo" era quienes más interesados estaban en el progreso del país, quedando excluidos del derecho al sufragio los obreros, braceros y simples empleados de poca categoría, a los que no les incumbía el avance de la nación.

Tan injusta situación quedó desautorizada cuando se cayó en la cuenta de que aquellos excluidos del censo y que no votaban por esa circunstancia, en cambio sí debían sufrir las consecuencias originadas por las políticas de los gobiernos elegidos por aquellos que sí podían votar. Por lo tanto, pasados los años, se instauró el sufragio universal que sigue vigente a fecha de hoy.

Lo que falta en la clase política es patriotismo del bueno. Por tanto, antes de pensar en si el pueblo ha dejado tras las urnas una situación más o menos difícil, debería exigirse a nuestros representantes menos fulanismos, menos apriorismos, menos exclusivismos, y más interés en sacar adelante los necesarios ajustes logrados tras oportunas negociaciones, para conseguir que los españoles se vean adecuadamente atendidos y respetados. No se puede admitir que los personalismos, los intereses partidistas o de clan o familia política enturbien el panorama político hasta el punto de acabar renovando unas elecciones con tal de no dar el brazo a torcer, negándose a dar un paso atrás o de lado, si la situación lo exige. En esa actitud de "servicio a la sociedad" reside el verdadero fair play que debería ser exigible a todo representante político.

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