cartas al director

Metáfora de un país

28.01.2016 | 03:26

Nos situamos en un viejo restaurante, renovado recientemente tras bastantes décadas (nada más y nada menos que cuatro), regentado en la misma por un gestor, impuesto, no elegido; durante dichas décadas, el menú era igualmente impuesto, sin posibilidad de elección, donde los comensales acudían con la cobardía e impotencia, que el miedo determinaba. Afortunadamente, a dicho gestor, le llegó el término de sus días, solo el paso de tiempo pudo marcar su final, ocupando su lugar varios nuevos gestores (muchos de los cuales no eran más que parte del pasado reciente), pero siempre los mismos, llámase pareja de dos, dos de pareja, los cuales impregnaron el caduco inmueble, el declinado local, de un aire nuevo, de atmósfera renovada, implicando novedosa decoración, color, menús por fin variados, volviendo a dicho local la sonrisa y el optimismo, así como unas terrazas al exterior, abrieron sus puertas, dando una visión de la realidad y del mundo, más acorde con los tiempos, pero, lamentablemente, la estructura seguía siendo la misma, quedando incompresiblemente intacta, sin posibilidad de cambio alguno, lo que impidió reformas más profundas en el funcionamiento del establecimiento, evitándose así en definitiva, su verdadera adaptación a la realidad actual.

Ambos gestores se fueron turnando a lo largo del tiempo a través de un simple buzón de sugerencias (denominado por algunos, elecciones) y a través del mismo, fueron variando sus menús (no en exceso por supuesto), platos novedosos (no muchos por supuesto), y así dicho local subsistiendo a lo largo del tiempo, engatusando a la inocente clientela.

Sin embargo algo ha cambiado en esta sumisa clientela (pese a los vanos intentos por evitarlo de los gestores acomodados), mostrando a través de este simple buzón de sugerencias, que a esta nueva y rejuvenecida clientela, ya nos les son suficientes estos menús reiterados y repetitivos en el tiempo, estos menús anclados en ideas y tiempo ya superados; han dicho a través de este simple buzón de sugerencias, basta ya a estos reiterados gestores, han aparecido nuevas posibilidades de gestión, nuevos personas con capacidad suficiente para gestionar con garantías este local en ciernes, nuevas ideas de explotación de este gastado local, siendo necesario para ello, sin duda una demolición de pilares de este anticuado inmueble para posibilitar, y esta vez sí y de una vez por todas, la renovación real y eficaz de este preciado restaurante. Son gestores que debutan con ilusión, con metas, sin pasado, sin herencias, sin ataduras, sin deudas de obligado cumplimiento, pero que suponen la apuesta por un futuro posible en el cual, todos, cada uno de los clientes, podrán escoger realmente su menú, sus preferencias, sin limitaciones impuestas por la dirección del mismo, así como una realidad mostrada y vista tal cual es, sin ningún tipo de filtro falsificador de la misma.

Pero hete aquí que unos y otros no consiguen dar el paso definitivo para ese cambio a la modernidad del local, mientras este sigue sirviendo sus menús ya agotados. Dicho local corre el riesgo de colgar el cartel de cerrado por demolición, que la persiana que marca su puerta de entrada sea definitivamente bajada no ya por estos gestores incapaces de asumir que su tiempo ha pasado, sino por esta nueva generación de clientes cansados del engaño, de la farsa, de la simulación, de estos duplicados gestores, de la venta constante de esta falsa realidad impuesta, de esta limitación a su capacidad de decidir.

Estos gestores, que niegan la realidad existente, anclados en momentos ya superados, corren el grave riesgo de ver este local cerrado por un simple cartel: cerrado por demolición, riesgo de derrumbe.

Así se ve, así se interpreta la metáfora, la situación de este país, y sus líderes gobernantes, por un comensal más, que lleva toda una vida, recibiendo unos mismos menús pero con denominaciones distintas, un servicio ingrato, soberbio y arrogante, un discurso ya ingenuo, exánime y extinto, y al que al igual que a muchos clientes de este insolucionable, irreparable e inviable local, pronto no nos quedará otra opción que cambiar de inmueble, cambiar de restaurante, pues a este no le resta más que la demolición ante el estado de derrumbe.

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