Cierre del Rebullón

28.01.2016 | 03:26

Es mi última tarde de trabajo en el Rebullón. Según voy subiendo la cuesta y pienso que esta será la última vez, siento un nudo que me aprieta la garganta y no puedo evitar que afloren los recuerdos.

Hace aproximadamente 40 años llegaban los primeros pacientes, derivados de Conxo, a un edificio vacío y frío. Con ellos venían también los primeros compañeros que iniciaban esta travesía y que traían muchos sueños e ilusiones cargados en sus mochilas.

Poco a poco esos sueños se fueron haciendo realidad y la primera unidad de hospitalización da paso a las siguientes, Tea, Lérez, Oitavén..., que van llenando los huecos vacíos. Paralelamente al aumento de pacientes se realiza el de personal, para ello profesionales de diversas especialidades imparten cursos de formación específica.

El enfermo psiquiátrico se hace visible y se toma conciencia de su existencia. Aplicando la psiquiatría comunitaria, se asumen tareas de prevención, tratamiento y rehabilitación, saliendo de los límites del hospital y extendiéndose por la comunidad.

Recuerdo las visitas domiciliarias que realizábamos a los pacientes dados de alta. Subidos al Dyane 6 recorríamos las carreteras de la provincia hasta los lugares más recónditos: Cerdedo, Valeixe, Goián era algunos de nuestros destinos. Hacíamos seguimiento y control de la medicación a la vez que reasegurábamos tanto al enfermo como a su familia.

Sin darnos cuenta nos encontramos con que ese sueño inicial se convirtió en hospital de referencia en toda España y con orgullo admitimos que todos hemos sido partícipes de ello.

Pasan los años y la sanidad es transferida al Sergas. El enfermo psiquiátrico debe integrarse dentro de un hospital general con todas las ventajas que ello conlleva, pero, seamos francos, también con sus inconvenientes.

Y el viejo hospital ya no sirve, su imponente figura en lo alto deja de ser el hogar de nuestros pacientes (y un poco el nuestro) para convertirse otra vez en un frío edificio, que nos acechará desde la distancia y en cuyos muros quedarán grabadas multitudes de experiencias y recuerdos.

Miro al futuro con ilusión y con las ganas de antaño, pero cuando esta tarde salgo de trabajar, echo la última mirada atrás. No puedo dejar de pensar que detrás de ese portalón dejo enterrada un poco de mi alma y sin poder evitarlo, mi corazón llora.

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