Una experiencia estresante al votar

23.12.2015 | 16:14

En mi colegio electoral tuve una experiencia un tanto estresante que hizo que el acto de votar perdiera parte de su encanto democrático.

Resulta que en las últimas elecciones municipales me tocó de primer vocal, y me pasé allí unas doce horas viendo desfilar gente. Muchas de esas personas iban con su perro. Lógicamente la gente suele aprovechar el acto de ir a votar para pasear al perrete. Si no ví treinta perros, tan solo en mi mesa aquel día, no vi ninguno.

El caso es que el domingo al entrar a votar, lógicamente al mismo colegio electoral, con mi pequeño terrier Iroko, me encontré con que el Policía Nacional de la entrada me dice que no puedo pasar al colegio con el perro, porque lo prohíbe el reglamento interno del centro.

Le intento explicar al funcionario en cuestión que ese edificio cultural, el antiguo Banco de España, ubicado en Policarpo Sanz, actualmente propiedad de un banco, había sido requisado durante 24 horas para hacer de colegio electoral, y que en consecuencia la única ley que vale, en un día así, es la Ley Electoral, la cual no dice nada de eso, entre otras cosas porque su objeto es favorecer al máximo el que la gente pueda votar, y no lo contrario.

Les puse incluso un ejemplo didáctico, para entonces ya eran dos los uniformados en cuestión. Se trataba de una demostración por reducción al absurdo: si el colegio electoral, les expliqué pacientemente, estuviera ubicado en un centro de enseñanza, por ejemplo en una escuela infantil, y se aplicase al caso el reglamento de funcionamiento del centro, un servidor, al no tener niños matriculados en ella, ni ser personal docente, no podría entrar en la instalación, ni consecuentemente tampoco votar. Obviamente lo mismo se aplicaría a los demás. En vez de agradecerme mi didáctica explicación, los dos funcionarios empezaron a ponerse ejecutivos. Uno de ellos me preguntó incluso que que pretendía yo con mi actitud. Obviamente le contesté que votar.

Como me di cuenta de que la situación se estaba poniendo tensa, y que consecuentemente insistir en el tema no era recomendable, al final no me quedó más remedio que dejar a un disgustado Iroko atado fuera, donde pude, cosa que no me hace gracia, y entrar a votar yo solito.

Finalmente señalar que me parece fatal que unos funcionarios públicos permitan que el representante de la empresa privada, propietaria del edificio en cuestión, para mayor escarnio un banco, les dicte la línea de comportamiento que deben seguir a la hora de permitir, o no, el acceso al vestíbulo del edificio a los votantes. Se da además la circunstancia de que en la sala de operaciones de la sede central de la entidad bancaria en cuestión en Vigo se permite en cambio sin problemas la entrada con perro.

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