Tengo 58 años y tengo un hijo y dos hijas. Éstos me dan fuerza para luchar en este mundo injusto.
De pequeña veía como las monjas diferenciaban entre niñas que pagaban y las que, por no tener recursos, tenían beca. Pertenezco a las primeras y soy de clase media acomodada. Llevaba meses con depresión menor. Salí para ver la cabalgata, observando esa cara de los niños y oyendo sus gritos al paso de los Reyes. Llegué a casa contenta, dejé los zapatos debajo del árbol y agua para los camellos.
Hice una única petición: ilusión y fuerza para enfrentarme a las injusticias. El día 6 amaneció soleado, tenía regalos bonitos y con cariño. Tuve ilusión para ir a misa a dar gracias a mi Cristo (psicoterapeuta gratuito) e ir a Santiago a llevar el regalo a una hija.
Empecé el año muy reivindicativa, poniéndome al lado del débil, luchando contra los poderosos banqueros, dispuesta a no perdonar un céntimo y yendo a donde haga falta (defensor del cliente en el Banco, defensor consumidor autonómico y ayuntamiento, Banco de España, etc.) y todo que parezca injusto. Qué aliviada quedo cuando pongo las reclamaciones.
Hay muchos malos momentos en la vida, pero casi siempre sale el sol, los pájaros de momento siguen cantando, los niños riendo, el campo floreciendo. Esas pequeñas cosas que, por fortuna, valoro más que grandes mansiones y carísimos coches.