En las facultades de economía, uno de los primeros conceptos que se adquieren son la eficiencia y la equidad, y el rol del estado equilibrando ambas pues, por lo general, representan objetivos contrarios.
Haciendo un repaso, nos encontramos a diario con numerosos casos. Los impuestos que cada español paga por su renta constituyen un buen ejemplo, a mayores ingresos mayores cargas impositivas acarreadas. ¿Es equitativo? Sin duda. ¿Es eficiente? Al modificar el impuesto introducimos distorsiones que podrían llevar a modificar el comportamiento del contribuyente. Por tanto, desde un punto de vista económico, no es eficiente.
Si esto es así, ¿por qué nadie pone en tela de juicio este método? Porque es necesario conjugar la eficiencia con la equidad al igual que en el sistema capitalista conviven virtudes con defectos.
La corriente reciente de declaraciones descalificando las licitaciones realizadas para el AVE gallego por la falta de beneficio económico y esgrimiendo la bandera de la eficiencia representan un claro peligro pues es el caldo de cultivo perfecto de reproches y enfrentamientos.
Ante estas manifestaciones no puede evitar caer uno en la demagogia fácil (más allá de los juicios sobre la legitimidad que puedan tener opiniones procedentes de comunidades históricas –al igual que la gallega– que disfrutan desde hace tiempo de estos servicios) de preguntarse por qué no se ha avanzado con este tipo de discusión en otras áreas como el desempleo, la jubilación o la sanidad universal; todos ellos claros ejemplos de gastos poco productivos para la dinamización económica de un país.
El gasto del Estado no siempre se deberá priorizar por las ganancias de productividad asociado sino que también deberá atender a la necesidad que lo pueda motivar. Las inversiones en infraestructuras (la construcción de una comisaría o un hospital pueden ser validos ejemplos) conllevan objetivos mas allá de la rentabilidad económica, la rentabilidad social.
El crecimiento de un territorio irá ligado, junto con otros condicionantes, de forma inequívoca al nivel de infraestructuras que posea. Si descartamos las inversiones por la relación coste-beneficio, si las desincentivamos y apostamos por las zonas más desarrolladas y, en definitiva, nos olvidamos que crecer significa crecer todos (recordemos las políticas de la UE con España) provocaremos que estas áreas sean cada vez menos competitivas y las reticencias de hoy serán barreras infranqueables mañana entre una España rica y próspera y una pobre y deprimida
¡Ay del día entonces que esa España "rica" se pudiera cansar de la "pobre"!