Hemos superado los tiempos de las supersticiones porque todo tiene una explicación científica que el hombre, tarde o temprano, llega a descubrir. Hemos pasado del miedo a lo desconocido a la soberbia presuntuosa de la sabiduría absoluta. Cierto, pero sigue habiendo mucha ignorancia crédula que se deja engañar por falsos profetas, adivinos, espiritistas, etc… y es que…, hay algo misterioso en el ser humano que, a pesar de esa inteligencia que aplicamos a la ciencia, hay un algo, que nos hace sospechar que no somos los seres más poderosos del universo y que, aparte de la inteligencia, hay ese algo más que sólo los humanos poseemos. Le llamamos alma, pero no sabemos muy bien lo que es.
Desde los grandes filósofos hasta los desconcertantes físicos que se emborrachan de física cuántica pasando por los astrónomos que escudriñan el universo alcanzando límites insospechados de observación a millones de años luz de nuestro humilde planeta, el hombre trata de descubrir algo que le inquieta y que parece estar fuera del alcance de la ciencia.
A pesar de nuestros asombrosos descubrimientos que nos permiten un vertiginoso progreso tecnológico y unos conocimientos cada vez más profundos del porqué de las cosas, nuestra utilización de todas esas cosas no siempre es buena. Todos sabemos lo que es el bien y el mal, y no desde el punto de vista intelectual, sino por ese algo espiritual que pertenece al mundo de los sentimientos con el que se juzgan los actos humanos. El hombre sigue creando leyes que penalizan lo que consideran malo, y esto desde siempre. ¿Por qué? Porque los sentimientos humanos distinguen muy bien el amor del odio, la generosidad del egoísmo, la verdad de la mentira, lo auténtico de lo falso, la paz de la guerra… En resumen: El bien del mal.
Pero tristemente, hoy en día, aquí y ahora, hay quien enmascara el mal con presuntas disculpas de evitar un mal mayor (no hay mayor mal que el primero si obliga a provocar otro peor sobreañadido) y culpa a la Iglesia de inmiscuirse donde no debe y de no hacer nada por los desamparados que sufren en el mundo, cuando todo el mundo conoce y reconoce de la inmensa labor humanitaria de la Iglesia en todos los rincones de este planeta y desde siempre. Por su opinión sobre la Iglesia o las religiones en general, da la impresión de que la mayor parte de la humanidad es estúpida, porque hay una mayoría aplastante de creyentes y muchos de ellos son científicos cualificados, sabios insignes, filósofos preeminentes… Gente muy culta e inteligente. Los ignorantes son muchos más propensos a la superstición que a investigar las verdades de fe y sus fundamentos.
No he tenido oportunidad de leer la carta de ese tal Benito Vázquez al que se refiere ese otro tal Bernardo Quiñoes Rodríguez al que tampoco conozco, pero para mí, ambos son dignos de todo respeto como lo son sus criterios que puedo o no compartir porque todos tenemos el mismo derecho a opinar si sabemos hacerlo sin ofender a nadie.