El silencio es una bendición cuando lo que se pretende es el descanso, la desconexión, la meditación o simplemente no herir con nuestras palabras, pero se vuelve infernal cuando suplicamos ayuda, pedimos algo que creemos merecer o simplemente necesitamos unas palabras de aliento.
El título de esta carta hace mención a una frase célebre de nuestro anacoreta más querido, Mahatma Gandhi: "Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena..." Frase que viene a poner de manifiesto uno de los egoísmos y miedos más terribles del conjunto de la humanidad: callarnos ante una injusticia.
Callamos cuando oímos los gritos ahogados y los golpes sin piedad a una mujer que está siendo víctima de su verdugo, con la que compartimos escalera.
Madres o familiares que silencian abusos a niños por medios al que dirán o por no tener el coraje suficiente para defender la inocencia.
Profesionales y trabajadores que son testigos mudos y cómplices de negligencias y abusos de todo tipo a personas desvalidas que no tienen forma ni modo alguno de defenderse. Silencian por un mal llamado compañerismo o por miedo a represalias.
Los demás sólo lo callamos por cobardía...
Silencio que mata a una mujer o que siembra la huella del miedo en su interior, que condena de por vida a un niño a vivir en un mar de traumas, que aumenta el sufrimiento de los que ya sufren y que aniquila en sus mentes la palabra esperanza. Ese mismo silencio es el que, con el transcurrir de los años, se convertirá en un ensordecedor murmullo que irá creciendo cada vez más en el infranqueable muro de nuestra corrompida conciencia.