Diversas formas de convivencia afectiva se han abierto camino en nuestra sociedad y todas reclaman para sí, la calificación de familia exigiendo iguales derechos jurídicos, económicos y sociales; pero, esto que se quiere hacer bajo la bandera de la libertad individual, no sólo sacude los pilares del Derecho de familia, sino a la familia misma, porque siempre el matrimonio y la familia estuvieron bajo la protección especial del Estado, ya que son la base de la sociedad con su poder procreativo; pero la erosión de la institución matrimonial y familiar se ha ido arrancando de su estructura natural, primero en su indisolubilidad, después en su juridicidad y más tarde con la heterosexualidad.
Habría que preguntarse cuál ha sido el detonante de esta destrucción familiar, ya que incluso con el paradigma de la adopción se construyen artificiosas relaciones paternofiliales, como ocurre en los supuestos de inseminación artificial heterologa o en la practicada en una mujer soltera que convive con su pareja lesbiana o transexual, o sea que al hijo de esa dinámica se ha trastocado el derecho, convirtiéndolo en un derecho individualista y egoísta, es decir, antifamiliar, ya que la familia es una comunidad de personas y de relaciones que la jurisprudencia europea siempre identificó con la unión de un hombre y una mujer, establecida mediante el matrimonio; pero ahora, parece que las familias tienen que ser a la carta, como los menús en el restaurante.