Parece mentira que algunas madres que predican feminismo e igualdad de sexos con sus trajes ajustados arrebaten el padre a sus hijos.
Parece mentira que orgullosas de su responsabilidad laboral pidan dinero a su todavía marido para pagar una niñera que cuidará de su pequeño mientras ellas están reunidas.
Parece mentira que los niños no puedan elegir, ni opinar, sólo llorar por la pérdida de un gran amigo, probablemente el mejor, con el que han compartido un maravilloso tiempo hasta hoy, ya que mañana el héroe de casa se va, deja el hogar.
¿Y cómo es posible que todavía hoy los jueces apoyen esta ley en que los hijos son de la madre por el mero hecho de ser mujer? Una ley que sólo contempla al padre como administrador, como observador lejano del crecimiento y de la educación de sus propios hijos.
Y ellas respaldadas por esa ley se manifiestan fuertes, omnipotentes y poderosas gritando: sí a la igualdad de sexos pero la custodia para mí.