La caridad sin verdad no es caridad. Propiciar, activa o pasivamente, el recurso a la mendicidad crónica, a la mendicidad como profesión, creo que tampoco lo es. Destinar, sin más juicio, un dinero al primero que llama a la puerta equivale a destinar menos, o nada, al que, acreditadamente y sin montar algarabía, lo necesita tanto o más.
Me contaba un sacerdote, un párroco, un caso muy reciente. A eso de las nueve de la noche, un viernes, después de haber celebrado unas exequias, se presenta una señora con su hijo, un muchacho joven. Mantiene, la señora, un discurso muy articulado, muy pensado, sin mucho que envidiar, en la forma, a un comercial de una empresa.
Relata, ante la mirada paciente del párroco –pero con frialdad plena– una historia trágica: Habían sido desahuciados de su piso. Naturalmente, no iban a pedir nada, pues para eso estaban los servicios sociales. Los muebles y demás enseres habían podido guardarlos en un garaje que un vecino les había prestado.
El párroco les dice que, provistos de la documentación que acredite su circunstancia adversa, se dirijan el lunes al servicio parroquial que atiende estos casos y que se vería la forma de ayudarles. Ante esta respuesta, la señora comienza a inquietarse, manifestando su desacuerdo con la "falta de sensibilidad de la Iglesia": ¿Qué iban a hacer ellos hasta el lunes? ¿Dormir en la calle? El sacerdote les ofrece la posibilidad de dirigirse a un albergue de la Iglesia. Y ella, ya en el sumo del furor, contesta: "Ahí vaya usted".
Pero no le pareció suficiente protesta. Como una "profetisa", o como una endemoniada, increpó violentamente al sacerdote diciéndole: "¿No le da vergüenza decirme esto, aquí, en la casa de Dios?". Y en el culmen de la indignación, después de haber sido despedida con un "buenas tardes", con la actitud de quien parece que va a escupir o a agredir a su "oponente", añade: "Fascista, fascista, fascista". Y con esa letanía se dirigió a la calle.
Hasta aquí la narración de lo sucedido. Ahora siguen mis impresiones:
1. No dar, de buenas a primeras, dinero a nadie, sin recabar más información sobre la necesidad real que eventualmente pueda experimentar.
2. No fiarse de relatos excesivamente elaborados. Una persona desahuciada no tiene ánimo para comportarse como un comercial.
3. No ceder a los chantajes. En toda institución se siguen horarios y protocolos. Nadie –parece razonable pensar– se queda en la calle a las nueve de la noche y, encima, un viernes. Salvo una enfermedad súbita, siempre existe un mínimo margen para plantear los problemas con más tiempo.
4. Desconfiar si el demandante muestra su reticencia a que se llame a la policía municipal o a los servicios sociales.
5. Convencernos a nosotros mismos de que la Parroquia no es un cajero automático, ni una extensión de la Concejalía de Bienestar Social.
6. Alguien completamente "desconocido" no puede esperar que se le "reconozca" al momento.
7. La caridad tiene un orden: Primero, los nuestros, los conocidos; luego, en lo posible, los demás.
8. Una petición no puede ser una exigencia, ni menos una amenaza.
9. La mala educación se descalifica a sí misma.
Y, a pesar de todo, a veces habrá que afrontar el desagradable poso que deja la duda.