Estamos en malos tiempos para ser joven, también para ser viejo; aunque ni ser joven ni ser viejo son defectos, ya que son estados distintos de la vida; pero cada vez más, los jóvenes y los viejos viven en un ambiente de desaprobación, aunque los jóvenes se encuentran con un mal añadido, ya que la insistencia para enseñar que la supremacía masculina es inaceptable, ha creado sentido de que la masculinidad y la feminidad son un mal social y causa de violencia, así incluso hay hostilidad hacia los jóvenes que se comportan según su sexo, cuando habría que enseñarles a desarrollar sus cualidades específicas; o sea, se trata a los jóvenes como si la juventud fuera algo patológico.
Algo tiene que ver todo esto en que la mayoría de los adolescentes no están a gusto con su manera de ser, que sufren afectivamente y que hay que enseñarles a mostrar su lado cariñoso por el procedimiento de pasar más tiempo con la madre; pero también habría que hacer ver a los adultos que hay que hablar con los jóvenes de sus miedos y sus angustias, porque los jóvenes por serlo, no son infelices, ni antisociales ni violentos, son simplemente jóvenes; como los viejos, son simplemente viejos y también requieren atención específica, cuidado y cariño porque si unos son el futuro otros son el pasado y en el pasado está la historia, la auténtica memoria histórica.