|
|
|
HEMEROTECA » |
|
En la Edad Media no se celebraba el nacimiento del Redentor con el jolgorio habitual en nuestra época. La Iglesia solía instar a la humildad y al regocijo sobrio y humilde de los creyentes, que debían imitar en cierta manera la humildad del nacimiento –en un pesebre y en medio de un buey y un asno– del Hijo de Dios.
Por eso, los frailes en sus monasterios seguían una abstinencia de ciertos alimentos entre el 22 de diciembre y los primeros días de enero. No era tan exigente como el ayuno cuaresmal, pero trataba de reflejar así la humildad de los seguidores de aquel que nació para no poseer ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza.
Esta abstinencia monacal variaba según los monasterios, porque los del interior de Galicia reservaban a sus monjes una dieta más frugal de la habitual; pero los monasterios de la costa tenían a su disposición el fresquísimo y abundante marisco de las rías gallegas que, a la sazón, era "comida de pobres", pues la alimentación de la nobleza y los pudientes era a base de toda la variada gama de carnes de que podían disponer, y así morían podridos de gota.
Esta diferencia entre la alimentación de los monjes del interior y los de la costa, suscitó una pequeña controversia, porque no es lo mismo tomar un plato de caldo de berzas y unas castañas, que ingerir unos langostinos o unas vieiras, donde vas a parar. Y naturalmente, los frailes del interior se sentían preteridos en cuestión alimenticia con respecto a sus hermanos de la banda del mar.
Lo que dió lugar a una cuestión "teológica" que requirió la consulta a la Mitra de Santiago de Compostela, que lo era Primada de Galicia. Se trataba de averiguar si los frailes "costeros", podían deleitar su paladar con los productos del mar, o si debían guardar la misma dieta de los otros del interior.
Tras madurar la reflexión, la sede compostelana emitió un dictamen que no dejaba lugar a dudas: se podría comer "todo lo que saliera del agua", eso sí, con la debida moderación que implicaba la correcta observancia de la abstinencia.
Dicho y hecho, porque ante tan prudente y sagaz resolución, los frailes del interior vieron el cielo abierto, y nunca mejor dicho, porque se dedicaron a echar los cerdos y los conejos de las granjas conventuales a los ríos, y a "pescarlos" después. Con lo cual, al "salir del agua", eran alimentos permitidos por la recta sentencia de la Mitra compostelana. Lo que acredita que la sabiduría y la prudencia siempre sabe sacar favorables resultados, incluso de las más adversas condiciones. Feliz Navidad.
|
|
| CONÓZCANOS: CONTACTO | FARO DE VIGO | LOCALIZACIÓN Y DELEGACIONES | CLUB FARO DE VIGO | ACERCA DE ED. GALEGO | PUBLICIDAD: TARIFAS | CONTRATAR |
|
|
||||||||