Hace unos años, los talibanes de Afganistán destruyeron con explosivos una imagen gigantesca de Buda, labrada en la piedra de una montaña. La opinión pública mundial protestó ante lo que se calificó como un atentado contra el patrimonio cultural de la humanidad. Ahora en Europa se pretende erradicar las cruces.
En su genial obra "La esfera y la cruz", Chesterton relata la historia de un hombre que odiaba el crucifijo. Lo eliminó de su casa, del cuello de su mujer, hasta de los cuadros.
Decía que era feo, símbolo de barbarie, contrario al gozo y a la vida. Pero su furia llegó todavía a más; un día trepó al campanario de la iglesia, arrancó la cruz y la arrojó desde lo alto. Ese odio acabó transformándose primero en delirio y después en locura furiosa. Una tarde de verano se detuvo en una pradera, ante una larguísima empalizada que a nuestro hombre se le antojó un ejército de cruces unidas entre sí, colina arriba y valle abajo. Entonces, blandiendo su bastón, arremetió contra la empalizada, como contra un batallón enemigo. A lo largo de todo el camino fue destrozando y arrancando los palos. Odiaba la cruz, y cada palo era para él una cruz. Al llegar a casa seguía viendo cruces por todas partes. Pateó los muebles, les prendió fuego... A la mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río. Chesterton termina su relato con una moraleja: comienzan por despedazar la cruz y terminan por destruir el mundo.
Es difícil adelantar hasta dónde llegará esta nueva arremetida laicista en Europa, pero no va a ser fácil acabar con la señal de la cruz. Por lo de pronto, en las escuelas, para hacer en el encerado la simple operación matemática de sumar 2+2, van a necesitarla.