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HEMEROTECA » |
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Hace unos años, José Luís López Vázquez nos deleitó con un programa de televisión, titulado "La Cabina", en el que el actor se quedaba encerrado en el interior de una cabina telefónica, de donde nadie le pudo rescatar, hasta que un camión se llevaba cabina y hombre a un descampado que más parecía un cementerio.
La historia era terrible y surrealista. La prensa de Vigo publicaba años más tarde una noticia que parecía extraída del famoso corto de Televisión que dirigió el multipremiado Antonio Mercero y que recordaba a López Vázquez, aunque ésta la protagonizaba una mujer.
A las once de la noche de un jueves cualquiera se le ocurrió a la pobre señora utilizar la cabina telefónica situada en una de nuestras calles. Cuando la señora intentó recuperar las monedas sobrantes a través de ese incómodo cajetín que se encuentra en el lado inferior del teléfono, uno de sus dedos quedó atrapado por una falange de tal modo que enseguida se le comenzó a hinchar. Y aquí empieza el drama que nos recuerda la historia de José Luís López Vázquez.
La señora se asusta, llora, grita, pide ayuda. La gente se arremolina en torno a la cabina sin poder hacer nada. La hinchazón aumenta y el dedo queda enganchado al teléfono como a unas tenazas. La buena mujer pide ayuda a un peatón, que a su vez llama a la policía. El retén policial llega al lugar y, al comprobar que no puede hacer nada, avisan a los bomberos. Ni la policía, ni los bomberos consiguen liberar los cada vez más hinchados dedos de la mujer.
Deciden llamar entonces a un técnico de la Telefónica, por si supiera cómo abrir la ranura del dichoso cajetín, donde siempre se nos quedan algunas monedas que luego van a parar a las arcas de la Telefónica. El señor recién llegado no da con la clave para solucionar el problema cuando, de pronto, a alguien se le ocurre una idea que resulta ser genial: poner bajo los pies de la buena mujer un taburete para procurar un descanso a su brazo, y situarlo a la altura de la fatal ranura. Cuando Policías, Bomberos, "Telefónicos" y público en general ya no saben qué hacer para liberar la mano de la señora, ésta empieza a comprobar, sorprendida, que el dedo pierde hinchazón…y, ¡milagro!, sale poco a poco de la ranura. Todos los presentes se congratularon con la feliz idea del taburete.
Señora mía: usted metió la mano y el señor Villalonga, por entonces alto jefe de la compañía, se la atrapó. Así de sencillo. Y cuando una cabina telefónica de la calle no se queda con nuestras monedas por las buenas, va y se las queda por las malas.
Señoras y señores: permítanme hacer un canto al taburete, al taburete sí, ese invento español donde nuestras abuelas pasaban las horas muertas viendo pasar la vida. El taburete ha salvado el dedo; qué digo el dedo, ha salvado la vida de esta mujer viguesa. Señores Bomberos, señores Policías, señores Ybarra y Villalonga: desde aquí pedimos, imploramos, exigimos un monumento al taburete. En una palabra: ¡menos fusiones y más taburetes, coño!...Y que una banda de música haga sonar sus instrumentos en honor del salvador, o sea, del taburete, al que la señora, naturalmente, colmó de besos.
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