Sabemos que en esta vida las cosas no son fáciles y que nuestro caminar por ella, algunas veces, no es un camino de rosas. Así podríamos pensar cuando algo que teníamos planeado se trunca, y todo a nuestro alrededor se desmorona. No es fácil asumir una contrariedad, como por ejemplo una enfermedad terminal en la persona que más quieres en este mundo, y a la que te has unido para siempre en el sacramento del matrimonio.
Entonces es cuando más fuerza adquieren las palabras que pronunciamos ante el altar: prometo serte fiel en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad todos los días de nuestra vida hasta que la muerte nos separe. Agarrándote a esto y con la gracia divina que Dios nos confiere en este sacramento, aceptas su voluntad y la amas, consiguiendo ser tan felices como nosotros lo hemos sido en los 28 años que transcurrieron hasta hace poco más de dos años en que mi marido se fue al Cielo.
Este es el verdadero sentido del matrimonio; cuando se tenga alguna dificultad recordar el "sí, quiero" y recobraréis la alegría con que lo pronunciasteis ante el altar.
Pero este no es el único sentido de este sacramento ya que en él es donde se da vida, haciéndolo todavía más grandioso.