Tanto se habla de libertad religiosa, que es preciso enterarse bien de lo que se está tratando, ya que se intenta reducir la fe a un asunto privado y separar de forma antinatural la experiencia religiosa de las demás dimensiones de la vida humana, como queriendo marginar lo que se considera un rival del proyecto de sumisión de las conciencias.
Pero no se puede olvidar que el cristianismo es una realidad pública, ya que las iniciativas de acción social promovidas por los creyentes desde los orígenes de la Iglesia, forman parte de nuestra historia: hospitales, asilos, orfanatos, escuelas, asistencia en guerras o catástrofes… El cristianismo se hace cultura por su propia virtud y tiene una naturaleza irrenunciable.
La conexión entre la acción social de los cristianos y la política, puede ser problemática aunque cualquier persona de buena voluntad que se preocupe por la dignidad humana y quiera defenderla, tendrá que luchar contra toda forma de Estado e impedir que el Estado se convierta en el único empresario, el único educador, el único agente sanitario, el único comunicador…
La amenaza es patente, aunque se utilice una persuasión oculta, ya que los políticos han descubierto que para dominar a las gentes, hay que dominar sus deseos y hacerle olvidar lo auténtico que está en el corazón y sustituirlo por lo instintivo, pero el realismo del cristiano tiene que tratar de mantener su capacidad de tener en cuenta los vicios y las virtudes de las cuales es capaz, para llevar a cabo los programas que son compatibles con su compleja totalidad.