Nací en la posguerra, en el seno de un hogar de los vencidos y voy desde entonces con la condición de republicano y socialista a cuestas.
La sublevación fascista y su instalación como dictadura (de las más crueles y retrógradas, recordémoslo por si hace falta) determinaron mi destino y mi transtierro precoz, e hicieron de mí un transeúnte en estado permanente de desamparo y desconcierto.
Si bien fui a vivir a un país de igual idioma y costumbres parecidas, perdí lo esencial, lo identitario, lo constitutivo. De tal modo, que sigo siendo ajeno, sí, ajeno, al lugar que habito. Y no hay consuelo posible. Ni siquiera el retorno. Lo sé. Lo he probado.
Desde este lugar emocional, interpelo: ¿cuándo va a proclamar el Parlamento español la ilegitimidad absoluta de la sublevación del ´36 y del régimen franquista?; ¡¿cuándo?! ¿Qué hay que esperar? Lleva España 33 años de democracia. Ya es mayorcita.
Sé, ¡cómo no saberlo!, que debe ser ardua la tarea que haga que la luz penetre en los cinco siglos de oscurantismo y los cuarenta años de oprobio que llevamos los españoles en nuestras pobres cabezas.
Ahora bien, si tenemos que esperar a que la derecha actualice sus neuronas y se avergüence de su ominoso pasado intrínseca e inseparablemente ligado al régimen, si eso es lo que tenemos que esperar, entonces, ¡estamos listos!