El otro día, un pequeñín jugueteaba con los productos de belleza que se exponían en una droguería-perfumería. Aunque una de las dependientas censuraba cariñosamente al pequeño, ni éste, ni su madre, ni su abuela hacían el más mínimo caso. Yo, un modesto profesor de secundaria, me atreví a hacerle ver a la madre que, cuando su pequeño tuviese 11 ó 12 años, no habría modo de hacerle obedecer una indicación mínima, si ella no educaba a su pequeñín en el respeto a las indicaciones de lo mayores y en el respeto a lo ajeno. Menos mal que otra señora apoyó mi suave indicación, porque la madre me acusó de llamarla maleducada y afirmó que muchos de los drogadictos han tenido una educación rigurosa.
Sin comentarios, salvo el de que, probablemente, esta escena se haya repetido más de una vez en las historias de los pobres gamberros de Pozuelo. ¡¡¡La educación sin los padres es imposible!!!