Adiós bolsa, adiós saco, adiós compañera del súper.
Te vas para dejar de contaminar y no sé cuando te volveré a ver, pues aunque tardas cuatrocientos años en abandonar este mundo, sólo tardarás seis meses en salir de nuestros mercados.
¿Qué haremos sin ti, oh mochila de los pobres, donde llevaremos a partir de ahora, la toalla y el bocadillo cuando vayamos a la piscina?
Oh bolsa de PVC, insigne chubasquero de las mujeres gallegas, ¿Qué se pondrán ahora las abuelas en la cabeza, cuando llueva los domingos, o si un chubasco las vuelve a sorprender a la salida de la peluquería?
Pobre de mi bolsillo, oh bolsa mía, cuando tenga que comprar bolsas reciclables para tirar la basura, en vez de reutilizar las de la tienda del barrio.
¿Dónde llevaremos sin ti, la compra cada vez que bajemos a comprar el pan o los yogures? Pues me resisto a serte infiel oh bolsa de mis amores, con la cesta de mimbre o el carrito de la compra.
Por que a mí, costal de la compra, también me parece imprescindible cuidar el ecosistema y con tal de no contaminar, soy la primera, en hacer malabares con la silla del bebé, el paragüas, mi bolso y la compra sin bolsa.
¿Pero quién, alforja mía, asumirá los gastos que este cambio tan radical conlleva?
¿Acaso las grandes superficies, que ahorrarán un pingüe capital con tal medida?
¿Acaso el gobierno, que nos pide a todos que aportemos nuestro granito de arena, para salvar el planeta, aún en tiempos de crisis, cuando todo suma?
¿O aquellos pobres desdichados, que pasarán de fabricarte, a la cola del paro?
Sí, yo me comprometo a llevar una bolsa reciclable la próxima vez que vaya al mercado, pero que se comprometan también ellos, oh compañera mía de compras, a no darme, cada vez que compre, una zanahoria, dos pimientos y cien gramos de queso; tres bolsas pequeñas de plástico y una bandeja de porexpan. Ahora te insultan, te llaman caca, y olvidan los servicios prestados.
Yo te abandono, oh bolsa mía, eso sí, en el contenedor amarillo, pero no te olvido.