Un cinco de septiembre de 1229 zarpan de Salou cincuenta y cinco barcos al mando de Jaime I de Aragón a la conquista de Mallorca. Setecientos ochenta años después, un cinco de septiembre de dos mil nueve, un hombre de 38 años llamado Isolino Álvarez Fernández cruza a nado la Ría de Arousa entre Ribeira y O Grove. También un cinco de septiembre, pero de 1638, nace Luis XIV de Francia.
A Lino "el pertinaz" lo conozco desde mi más tierna infancia, crecí con él; lo conozco muy bien. Siempre fue un intrépido y un temerario (marchamos de los valientes), por eso no me sorprende la gesta que ha llevado a cabo. Tengo por seguro que éste no es el último capítulo de sus hazañas, y la última siempre supera a la anterior. No, no me sorprende lo que ha hecho, pues sorprenderme significaría haber dudado de que sería capaz de lograrlo. No, no estoy sorprendido, pero siento una enorme admiración y me siento profundamente orgulloso de él, hasta el punto de sentir esa heroicidad como propia. Pero menos me sorprende que su proeza se la haya dedicado a alguien que quiere. Porque Lino, "el pertinaz", tan obstinado en la consecución de sus metas y éxitos personales como en que estos permanezcan en el anonimato (¡esta vez no te escapaste!), también es pertinaz en "dar" a los demás, en regalarse cada día a unos y a otros. Él no lo ve ni lo siente, pero su enorme corazón le esta rompiendo el pecho.
El pasado sábado cinco de septiembre de dos mil nueve envolvió ese enorme corazón en policloropreno, lo echó al mar a sufrir durante cinco horas, lo entregó más engrandecido a quien ama y pasó a la historia como un "gran hombre".