Ya sé que el término "derecho de asilo" tiene una connotación precisa. Cargado, además, en alguna de sus acepciones, con el peso de la historia; de la historia civil y de la historia eclesiástica, una distinción formal que no siempre corresponde a la realidad de las cosas.
La realidad es una. Las divisiones, las taxonomías, las clasificaciones son asunto nuestro. Nadie humano puede hacerse cargo del todo con un solo golpe de vista. Se hace preciso componer y dividir, proceder poco a poco, paso a paso.
Por mi experiencia como párroco –experiencia corta– veo que la Iglesia sigue ejerciendo, en la mente del común de los mortales, una especie de derecho de asilo. Cuando las personas no saben a donde ir, vienen, con frecuencia, a la Iglesia.
Sería interminable relatar los motivos: paro, pobreza, crisis familiares, angustia, necesidad de ser escuchados o atendidos, fracaso de un programa de rehabilitación. Hay tantas historias como personas, tantos argumentos como biografías.
Hoy, y creo que en cualquier otro momento, la capacidad de una parroquia para resolver problemas es limitada. No hay dinero, no hay medios, no hay ni siquiera leyes que nos protejan en caso de no acertar plenamente. Y, aun así, muchos vienen. ¿Por aprovecharse? Tal vez. ¿Cómo último recurso? Seguramente.
La complejidad de la sociedad actual, y la prudencia, obligan a discernir. Cada uno puede hacer lo que entra dentro de su ámbito. No es poco servicio derivar hacia otras instancias lo que excede la propia. Pero siempre es posible escuchar, hacerse cargo, compartir aunque sólo sea los buenos modales y el interés por la suerte ajena.
A mí me gustaría que una portezuela secreta del templo abriese un resorte oculto que permitiera el acceso a una caja de caudales sin fondo, a un talón de cheques de infinitas hojas, a una esfera mágica capaz de responder a todos los anhelos. Pero, hasta la fecha, la pequeña puerta permanece clausurada y sometida a la implacable vigilancia del principio de realidad (no necesariamente freudiano).
Sea como fuere, algo queda en el sentir popular. Quizá un eco de esas palabras del más paciente de los hombres, de aquel que poseía, él solo, toda la paciencia de Dios: "Venid a mí".
En ningún sitio del Evangelio dice, creo, que todos los que acudían a Jesús buscasen el ascenso a la tercera vía de la mística. Más o menos lo que pasa en nuestros días.