El laicismo es una actitud esencialmente cobarde. No puede ver la religión sin prejuicios. Necesita previamente acallarla. Necesita silenciar su normalidad, su publicidad. Una actitud noble vería con naturalidad su presencia pública. Si el laicista estuviese convencido racionalmente de que la religión es una superstición todo lo más la vería como algo ridículo pero no tendría prevenciones contra ella, no buscaría invisible. La prueba evidente de que no la ve así es que necesita desfigurarla, deformarla para enfrentarse a ella. Resulta llamativo que siempre que hablas con un laicista de religión lo primero que hace es recurrir a tópicos, leyendas negras, etc. Nunca habla de la religión en cuanto tal sino del fantasma de la religión que ha creado en su cabeza. Estaría dispuesto a admitir la buena fe de un laicista que fuese capaz de ir más allá de la burla o el sarcasmo en una conversación. Pero cuando dialogas con un laicista y advierte que hablas en serio de religión, enseguida se deshace en un aluvión de descalificaciones, de insinuaciones insidiosas, de prejuicios y tópicos oscurantistas. Un síntoma muy claro: inmediatamente se acaba la afabilidad y eleva el tono de voz.
En cierto sentido nadie se toma tan es serio la religión como un laicista, no la ve como un cuento de viejas sino como algo demasiado real como para soportar su presencia. El laicista sólo se siente seguro si ha amañado el partido, si ha silenciado al rival. Lo prueba el enconado empeño en prohibir el carácter público de la religión.
El argumento de que vivimos en un estado laicista es todo menos un argumento racional. Es como si antes de empezar el partido el equipo local dijese: Como aquí mando yo el equipo visitante no puede pasar del medio del campo. Previamente habría que discutir se esa imposición es justa o no.