Consciente de su altísima dignidad y de su profundísima responsabilidad, el Papa acaba de realizar su duodécimo viaje apostólico, fuera de Roma, a Tierra Santa, en donde con hechos y palabras dio testimonio de fe, de paz, de esperanza y de amor.
El Santo Padre vive en continua tensión por ser fiel a la Iglesia y a la humanidad; de todos se hace comprender, cuando hay buena voluntad de por medio. Se le considera como una guía provindencial en este mundo, tan enmarañado y oscurecido por la ignorancia o desprecio de los supremos valores.
Los que le reciben comprenden que el ser humano no es dueño absoluto de este planeta en que vivimos, pues siente en sí mismo que debe acatar unas leyes, que le vienen dadas con su naturaleza por un supremo legislador. Quien las cumple sigue buen rumbo, de lo contrario va a la deriva, desviándose de su destino, con todos los que le siguen.
Por estas y otras muchas razones los viajes de Benedicto XVI siempre son bien recibidos, pues despierta o reaviva las conciencias, haciéndoles descubrir nuevos horizontes de convivencia humana y de trascendencia divina.