Se han puesto –algunos sectores de la sociedad– ya no digo como linces, sino como basiliscos. En todo caso, como fieras. Todo por un cartel. Ya sabemos –y los enfadados también lo saben– que el lenguaje de los carteles no es el de las tesis doctorales, ni el de los discursos, ni el de las encíclicas; ni siquiera, el de las homilías.
No hace falta ser intelectualmente superdotado para caer en la cuenta de que un bebé no es un cachorro de lince, ni de que un cachorro de lince no es un bebé. Pero no es absurdo plantear una analogía, una comparación, en la cual, como en toda analogía, hay semejanza y desemejanza: si una especie animal en peligro de extinción merece ser protegida, con más motivo debemos proteger a cada individuo de la especie humana –pequeño, grande, o más grande-. No sólo por ser un ser vivo, sino por ser un miembro de la especie “humana”; es decir, alguien que vale por sí mismo, independientemente del número total de miembros de la misma especie.
Defender el valor, la dignidad y, en consecuencia, el respeto a cada vida humana no es un privilegio reservado a los católicos –que tienen, dicho sea de paso, motivos de sobra para apoyar esta causa- , sino que es un compromiso básico que concierne a todo hombre: “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. O sea, respeta la vida de alguien que es –o está llamado a ser– lo mismo que eres tú. No querer reconocer este compromiso esencial equivale a optar, en contra de la ciencia –así lo reconoce el “Manifiesto de Madrid”–, por la injusticia y por la desigualdad; en definitiva, por la muerte.