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HEMEROTECA » |
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Érase una vez que en un lugar no muy lejano, existía un rey llamado Pufo, el cual financiaba sus inversiones con impuestos y con préstamos bancarios. Un buen día pensó que podía ahorrarse mucho dinero retrasando los pagos a todos los que hicieran negocios con el reino, pero como esto podía afectar a su popularidad, y aproximadamente una cuarta parte de las empresas que cerraban era por problemas financieros por culpa de la morosidad, decidió maquillar su retraso en los pagos y promulgó una ley que establecía períodos de pago de 30 días para las empresas y de 60 días para las Administraciones Públicas. Esta ley nunca llego a cumplirla.
No obstante, como le preocupaba que las empresas que cerraran le dejaran deudas, promulgó una ley que llamó concurso de acreedores, en la cual se reservaba el papel de acreedor privilegiado al reino, con el fin de cobrar antes que nadie.
Por otra parte, como le preocupaba que los ciudadanos no pagaran religiosamente sus impuestos, establecía cuantiosos recargos o embargos en caso de impago.
Y así funcionó el reino durante muchos años, hasta que una crisis golpeó duramente el reino y la morosidad se incrementó de tal manera que cada vez cerraban más y más empresas.
Ante esta situación, el rey Pufo pensó que se debería inyectar liquidez en la economía, pero no pensó agilizar los pagos de las administraciones y hacer que se cumpliera la ley que había promulgado, en su lugar encargó esto a los bancos del reino, los cuales se resistían a jugarse los cuartos al ver que la economía estaba hecha unos zorros.
De tal modo, los ingresos del reino empezaron a decrecer y tuvo que endeudarse cada vez más y más para poder hacerse cargo de los parados y pagar los gastos del reino.
En este contexto, cada vez había más parados y cada vez más desquiciados.
Las preediciones sobre el número de parados y el porcentaje que se esperaba decrecer en los próximos años, pasaron a ser el entretenimiento nacional, minando la moral de los ciudadanos del reino, que no se atrevían a gastarse una perra.
Ante esta situación el rey Pufo mandó emisarios al reino de Davos, donde se reunieron con sabios de otros reinos, y llegaron a la conclusión de que si la crisis seguía habría estallidos sociales.
Y debió ser de algún estallido social como acabó el reino de Pufo, y aunque su nombre perduró hasta nuestros días, no fue como a él le hubiera gustado, ya que su nombre pasó a ser sinónimo de impagos.
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