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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 15
    Junio
    2015

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    Riéndose del holocausto: los tuits de Zapata y mucho más

     Una niña estadounidense telefonea a su tía y le pregunta:

    -Tía Sarah, ¿sabes que Hitler mató a sesenta millones de judíos?

    -Cariño, creo que es responsable de la muerte de seis millones de judíos.

    -O sí, ya lo sé. Seis millones, ok. ¿Pero cuál es la diferencia?

    -La diferencia es que 60 millones es imperdonable, jovencita.

    Este es uno de los chistes que la cómica estadounidense Sarah Silverman incluye en su conocido monólogo sobre el Holocausto. Falta por decir que tanto Silverman como la supuesta sobrina a la que se alude en el gag son de origen judío.

    Vean aquí abajo el monólogo de Silverman sobre el Holocausto y verán cómo se exploran realmente y con mucha inteligencia los límites del humor, ese tema que ahora está tan de moda en España después de que el concejal de Ahora Madrid Guillermo Zapata hiciera un chiste muy negro en Twitter sobre la forma de meter seis millones de judíos en un Seat 600 (la respuesta es: “En el cenicero”)

     

    Hacer bromas más o menos afortunadas sobre el Holocausto y los nazis es ya un clásico del humor negro y, sin entrar a analizar el caso de Zapata (no es el objetivo de este post), lo cierto es los propios judíos han utilizado el sarcasmo a modo de disolvente, como fórmula para tratar de sobrellevar o digerir la mayor tragedia del siglo XX, el hecho que nos encaró con el mal en estado puro. Y estas bromas, ese uso del humor como lenitivo, no sólo se practicó a posteriori. También afloró en los momentos más drámáticos de aquel infierno. Así lo detalla Rudolph Herzog en su libro “El cerdo está muerto”, editado por Capitan Swing. El volumen lleva por subtítulo “Reir bajo Hitler: comicidad y humor en el III Reich”. Escribe Herzog: “Aunque actualmente nos suene extraño e impropio, también se hacían chistes sobre las matanzas organizadas. En cualquier caso, los autores no eran los alemanes indiferentes o los propios asesinos. Eran los judíos que se quedían dar ánimos unos a otros a través de un humor extremo y brutal”. Y añade: “Porque incluso la situación más desesperada perdía una parte de su espanto cuando uno podía tomársela a risa”. Algunos de aquellos chistes han llegado hasta hoy. Herzog recoge uno de labios de Manès Sperber, superviviente de aquel exterminio masivo. Dice así: “Durante la época nazi, una aldea judía del este sufre ataques, pogromos y ejecuciones cada vez más terribles. Uno va al pueblo de al lado y lo cuenta. Entonces le preguntan: “¿Y qué es lo que habéis hecho?”. Contesta: “La última vez no sólo hemos rezado 75 salmos, sino los 150 completos. Y hemos ayunado como en el Día de la Expiación”. “Eso está bien”, le contestan, “uno no puede aguantarlo todo, hay que defenderse”.

    Resulta admirable cómo algunos judíos aún podían mantener el sentido de humor en pie mientras los nazis trataban de arrebatarles todos los atributos que les convertían en seres humanos. Sobre la inmensa tragedia del Holocausto brillan aún hoy pequeñas perlas que atestiguan que es imposible incinerar la inteligencia. Pues el humor no es más que eso: pura inteligencia convertida en algo así como un diamante, un material durísimo, indestructible, lo más fieramente humano que existe. Otro ejemplo extraído del libro de Herzog. En el campo de concentración de Theresienstadt, antesala de Auschwitz, el comandante de las SS Karl Rahm encargó a Kurt Gerron, el judío que un día dirigiera la UFA (el gran estudio cinematográfico alemán de la república de Weimar) que organizase un cabaret. Gerron montó una compañía reclutando a diversos artistas del guetto judío. Trataban de hace reír a un público vestido con trajes de rayas, vigilado por los negros uniformes de las SS. Una vez tuvieron que actuar en una sala donde había amontonados docenas de cadáveres desnudos. Gerron bautizó aquel espectáculo como Das Karrusell. “Era un nombre caprichoso que evocaba a feria y que sin embargo evocaba cosas terribles, porque en Theresienstadt sólo giraba un carrusel que catapultaba a cualquiera que estuviera en la lista negra de las SS directamente a Auschwitz”, resume Herzog.

    Los chistes que Herzog incluye en su libro nos parecen desde la óptica actual absolutamente increíbles, imposibles. Algunos dirían que hasta intolerables. Pero el humor, ya se ha dicho, actúa como un gran disolvente. Es, acaso, la última línea de defensa del ser humano frente al animal que llevamos dentro, ese que aflora muchas más veces de lo previsto. El siguiente chiste, también del acervo humorístico judío, es una supuesta conversación entre los dos jefes del Consejo Judío de Amsterdam, a los que se les reprochó haber sido cómplices de los nazis. Dice así: “ El profesor Asscher y Cohen son llamados en presencia de los nazis y se les comunica que hay que gasear a los judíos, a lo que el profesor responde con la siguiente pregunta: “¿Ponéis vosotros el gas o lo que tenemos que poner nosotros?”.

    Del párrafo anterior también se deduce hasta qué punto sí que era conocida ya en aquel tiempo la existencia de campos de concentración con cámaras de gas diseñadas para el extreminio de seres humanos según criterios puramente industriales. Las bromas, los chistes, según apunta Herzog en su libro, son también la mejor prueba de que los alemanes sí sabían qué estaba ocurriendo allá en el Este, a donde iban todos los trenes, la negra frontera con la Unión Soviética donde las chimeneas no dejaban de trabajar. Claro que sabían lo que había. Sus chistes los delatan aún hoy en día. Otra prueba. Esta se refiere a Dachau, el primer campo de concentración abierto por el régimen nazi. Es un chiste que se contaba entre alemanes no judíos. Dice así: “He hecho una pequeña excursión, he ido a Dachau. Bueno… ¡Aquello tiene una pinta! ¡Alambres de espino, ametralladoras, de nuevo ametralladoras y de nuevo alambres de espino! Pero os digo una cosa: ¡cuando yo quiera me meto allí dentro!”.

    Constata Herzog que el humor no se podía recluir en un campo de concentración. Que es libertad en estado puro. Por eso la guasa también llegaba a salpicar a los propios jerarcas nazis. Claro que se hacían chistes sobre Hitler en la Alemania nazi. Este es uno de ellos: “Hitler visita un manicomio. Los pacientes hacen sumisamente el “saludo alemán”. Pero de repente Hitler descubre a un hombre que no lo hace. “¿Por qué no saluda usted como los demás?”, le increpa. Y el hombre le contesta:”Mein Fürher, es que yo soy el enfermero, no estoy loco”.

    El libro de este autor alemanán, hijo del cineasta Werner Herzog, es al cabo una indagación sobre cómo fue posible que el pueblo alemán descendiera hasta el infierno del Holocausto pese a que, como constatan los chascarrillos que corrían de boca en boca, todos habían desenmascarado ya la “magia barata” de los nazis. A lo largo de "El cerdo ha muerto" se recogen numerosas anécdoras que caricaturizaban a Hitler “como un pequeño agitador, un dictador de poca monta”. Todas ellas hablan de que en absoluto los alemanes fueron víctimas pasivas de la propaganda y de que, bien al contrario, eran conscientes “del fraude que estaban llevando a cabo Goebbels y sus consortes”. Pero esto, como subraya Herzog con notable desasosiego, “no evitó que su país se viera arrastrado en el transcurso de unos pocos años por un torbellino criminal”. Se ve que el humor es un buen disolvente, pero tampoco es infalible. No obstante, lo mejor es, siempre, mantener en plena forma el músculo de la risa. Y para ejercitarlo, les dejo con otro monólogo sobre temática nazi. Véanlo aquí abajo, es el cómico británico Rick Gervais, uno de los más transgresores. Va sobre nazis y tiburones.

     

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