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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPA脩A. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 09
    Junio
    2015

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    Playmobil para adultos: lecciones para hacerse rico con poco

    El 23 de agosto de 1973, los señores árabes del petróleo cerraron a Occidente la llave del oro negro. Era su forma de castigar a los aliados de Israel en la guerra del Yomm Kippur. Con su decisión, desataron una crisis que desestabilizó la economía mundial. Pero también cambiaron, y para bien, la infancia de millones de personas. Porque la crisis petrolífera de los años setenta fue el detonante del nacimiento de los muñecos de Playmobil, un juguete que se ha convertido en un icono de la cultura contemporánea.

    Playmobil para adultos: lecciones para hacerse rico con poco

     

    Se calcula que la empresa alemana que los fabrica (geobra  Brandstätter Stiftung &  Co.  KG) ha producido en estos últimos cuarenta años más de 2.300 millones de estos muñecos de plástico de sólo 7,5 centímetros. Al menos, ese era el cálculo que algunas publicaciones hacían hace tres años de la población mundial de “clicks”, como popularmente aún se los conoce en España. Hay más playmobils que chinos. Acaba de fallecer, a los 81 años de edad, Horst Brandstätter, el empresario que desde los años setenta del pasado siglo XX regentaba el grupo empresarial que llevaba su apellido, una compañía nacida nada menos que en 1876. La empresa fue fundada por su abuelo Andreas en Fürt, Baviera. Inicialmente se dedicaron a la producción de accesorios para cofres y cerraduras. Todo en metal. Ya en los años veinte siguieron haciendo productos metálicos, fabricando huchas, teléfonos, cajas registradoras… Cuando Horst llegó a la empresa, en 1954, convirtió el plástico en su material predilecto. En 1958 eran los reyes del hula hoop en Europa. Millones de niños movían las caderas con sus aros de plástico. Pero cuando los jeques árabes cerraron el grifo del crudo que movía el mundo, ya en los setenta, el plástico se encareció extraordinariamente ya que el petróleo forma parte de su elaboración. Su precio se encareció un 600 %. La empresa de Brandstätter estaba en serio peligro. Y entonces Horst supo que necesitaba cambiar de producto y que ese producto tenía que tener poca cantidad de plástico pero, a la vez, tenía que contener el valor suficiente como para que sus clientes siguieran pagando por él.

    Tenía a la persona adecuada para conseguir ese milagro que salvase a la empresa. Se llamaba Hans Beck. El que se convertiría con el tiempo en jefe de desarrollo de la compañía -fallecido el pasado 2009 a los 79 años de edad- era un tipo especialmente silencioso. De hecho, cuando Horst Brandstätter lo contrató personalmente (él mismo hacía las entrevistas de trabajo) constató que apenas respondía con monosílabos a sus preguntas y después de pensárselo mucho. Aquello no molestó al empresario alemán. Al contrario. “Me dije: apenas habla, ¡pero piensa! La mayoría de la gente habla sin pensar. Lo contraté sin dudarlo”, declaraba en una entrevista concedida en 2012.

     

     

    Playmobil para adultos: lecciones para hacerse rico con poco

    Beck era hijo de divorciados. Sus padres se casaron de nuevo y tuvieron más hijos, muchos más. Beck tenía una decena de hermanos menores. Soñaba con ser diseñador de juguetes cuando aún esa profesión no se había inventado, así que les hacía pequeños coches, camiones, figuritas, muñecas y algunos muebles para las muñecas… Se formó como carpintero y con el tiempo su aspecto físico alcanzaría una notable semejanza con el Gepetto que dibujó la factoría Disney. Ambos fueron los padres de dos muñecos memorables. Sólo que el Playmobil no tiene nariz ni pinta de decir una sola mentira.

    El patrón Brandstätter le pidió a Beck una línea de juguetes para niños. Una alternativa al Hula Hoop que les sacase del bache empresarial. Él estaba pensando en vehículos para niños pequeños donde se pudieran meter sencillas figuras. Pero lo que tres años después le presentó Beck fue un simple muñeco. Un sonriente muñeco que hoy se ha convertido en una de las figuras más reconocibles de la cultura popular de Occidente. Medía 7,5 centímetros porque ese era el tamaño exacto para que cupiera en las manos de un niño. Era el nieto de aquellos soldaditos de plomo del siglo XIX pero tenía las manos, los brazos y las piernas articuladas. Era un muñeco francamente simpático. Al contrario que Pinocho, aquel muñequito transmitía verdad. Los primeros prototipos los fabricó a mano y sólo había tres personajes: obreros, caballeros e indios del Salvaje Oeste americano. Los primeros muñecos, que aún tenían nariz, se presentaron en la feria de Nüremberg de 1974 y no fueron precisamente una revolución. Tan sólo un mayorista holandés se interesó por ellos y compró la producción de un año. Pero pronto la demanda hizo de ellos un fenómeno mundial.

    Playmobil para adultos: lecciones para hacerse rico con poco

    El playmobil cae bien con su sonrisa eterna. Pero también es un muñeco minimalista, un poco soso. ¿Dónde radica su éxito? El empresario que promovió su creación da algunas claves. “No hay que fijarse en el juguete, lo importante es lo que ocurre en la mente del niño. El niño los ve y puede imaginarse historias con ellos, puede montarse una película dentro de su cabeza. Ese es su secreto”, declaraba en una entrevista concedida en 2012 al periodista español Carlos Manuel Sánchez. “Son roles, en definitiva. No tienen identidad”. “Son personajes sin personaje, el personaje lo inventa el niño”. La empresa de Brandstätter desvela esta clave en su página web, citando al patrón de la compañía: “La gente al ver una figura de Playmobil por primera vez se queda impresionada; parece tan simple... Los adultos no ven el valor de Playmobil inmediatamente. Su atractivo está en las historias que desencadena en las cabezas de los niños”.

    Playmobil para adultos: lecciones para hacerse rico con poco

    Brandstätter consiguió su objetivo: conseguir más con menos, más valor y más ingresos con menos plástico. Acaba de fallecer convertido en una de las personas más ricas del planeta, con un patrimonio neto de 1.150 milones de dólares, según la lista Forbes, que lo sitúa en el número 98 de los millonarios alemanes y en el puesto 1.638 de los del mundo. Era un millonario bastante atípico. Algunos los calificaban de roñoso. Jugaba el golf en Florida, donde se guarecía los inviernos. Se pasaba el día recogiendo los tees que abandonaban el resto de jugadores en el green y presumía de ser el único socio de su club que siempre usaba bolas de segunda mano. No en vano, se pasaba el día buscando las que se habían perdido entre los árboles del campo. Tampoco tenía móvil. Se bastaba con un fax para comunicarse con su empresa (4.000 empleados y 595 millones de euros de facturación). Paradójicamente, no era ni mucho menos un tirano. Se comportaba como un empresario nada depredador que protegía a su plantilla y algunos lo definían como alérgico a despedir. Aseguraba que no bebía vino que le costase más de cinco o diez euros. Pura austeridad. Tenía menos atributos que uno de sus playmobil. Siempre decía que odiaba una frase: “Nosotros siempre lo hacíamos así”, en alusión a los empresarios conservadores reticentes al cambio. Él, muy al contrario, supo cambiar a tiempo y hacer más con menos. Con menos plástico logró que los niños pudieran hacer más cosas con sus juguetes y también que los padres sintieran que estaban recibiendo más por su dinero. Eso es lo que enseñan los Playmobil a los adultos. Y también que la vida, en ocasiones, se parece al barco pirata.

     

    (Todas las fotos de esta post corresponden a la exposición celebrada recientemente en el centro de El Trabanquín de El Entrego)

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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