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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Galicia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 22
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap.10): Rescate en calzoncillos

    (En capítulos anteriores: Lela vive una crisis vital. Ha roto con su marido pero ha encontrado un maestro espiritual que la orienta: es Paulo Coelho, un jabalí que merodea por el parque de la urbanización donde ella reside. Lela, gracias a los consejos de Paulo, ha iniciado una tórrida relación con un escocés de las tierras altas llamado McGallard, que en realidad es su vecino José Manuel Gallardo, capital retirado de la Guardia Civil. Todo va sobre ruedas hasta que la pareja se entera de que en la urbanización quieren abatir al jabalí y ambos acuden a rescatarlo)

     

    Pabloiglesias, el perro, dedicó un gruñido a McGallard, aquel intruso que le había robado a su dueña. Lela, al ver a su perrillo enojado, se volvió un instante desde el umbral de la puerta y le lanzó un coqueto beso, levantando una pantorrilla, con el culo ligeramente en pompa. El perrillo ladeó la cabeza, visiblemente satisfecho. Pabloiglesias sentía debilidad por aquella mujer. Luego Lela se aferró al brazo de McGallard, que se lo ofrecía muy cortésmente, y cerró la puerta con decisión. Era la hora del atardecer. Era la hora de rescatar a Paulocoelho.

    McGallard se había puesto su uniforme de gala de la Guardia Civil a los efectos de trasladar a Paulo Coelho la fuerza suficiente de la autoridad constituida para que les hiciera caso cuando le conminaran a abandonar el parque y seguirles. Como un brillo en los ojos de Lela, el highlander podía haber visto cuánta pasión provocaba en ella su presencia uniformada si no hubiera sido por el nuevo peinado de su amada, que no dejaba en absoluto distinguir sus ojos. Consistía éste en un flequillo de color rosa casi hasta la altura de la nariz y en unos rizos efecto mojado, color negro, para el resto del cabello. Lela se había puesto su chándal habitual, rosa con bordados dorados, para pasar desapercibida y que nadie sospechase nada entre el vecindario. La noche venía. Se acercaba el momento en que Paulocoelho aparecería. Podrían sacarlo de allí y librarlo entonces del peligro que se cernía sobre él.

    -¡Alto a la Guardia Civil!

    Lela dio un puntapié para que se callase a McGallard, que se había dejado llevar por la fuerza del uniforme al ver aparecer la silueta negra de un jabalí emergiendo entre los arbustos. Ella cogió la mano a su highlander con fuerza, clavándole las uñas. McGallard hubiera gritado de dolor si no se hubiera visto impelido, por el honor que emanaba del uniforme, a morderse la lengua.

    -Paulo, Paulo. ¿Cómo estás, estás bien?

    El jabalí no respondió inmediatamente. Tardó un rato mientras liaba uno de sus aromáticos cigarrillos, cuyo delicioso perfume casi llevó a Lela a solicitarle una calada de prueba. Al fin, habló:

    - Todos los días Dios nos da un momento en que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. El instante mágico es el momento en que un sí o un no pueden cambiar toda nuestra existencia.

    Lela dio unos saltitos de contento.

    -Ah, menos mal. Veo que ya sabes lo que está ocurriendo, Paulo. Vienen a por ti. ¿Lo sabes verdad? Esos cazadores malvados vienen a por ti. ¿No te preocupa? Pareces muy tranquilo.

    -Cuando todos los días resultan iguales es porque el hombre ha dejado de percibir las cosas buenas que surgen en su vida cada vez que el sol cruza el cielo.

    -Umm. Veo que sí, veo que nada puede perturbar tu sabiduría maestro. Pero, créeme, Paulo estás en peligro. Tienes que venir con nosotros. ¿Qué opinas?

    Paulo, el maestro de luz, dio otra larga y profunda calada a su cigarrillo. Después manifestó:

    -Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras, te engañaste a ti mismo o sufriste por tonterías. Si eres un buen guerrero, no te culparás por ello, pero tampoco dejarás que tus errores se repitan.

    -Está bien, está bien. Pero, Paulo, tú no eres un guerrero, tú eres un sabio, un maestro; tú eres un coach del espíritu. Estás en peligro, vienen a por ti. Vamos, no podemos perder más tiempo.

    El jabalí se quedó unos instantes mirando al cielo. Algo parecía tenerle ocupado. El humo de su cigarrillo ascendía con su mirada. Un gran sentimiento, un sentimiento universal de paz –pensó Lela- es lo que le recorre ahora mismo por dentro, pero Paulo no debe confiar así en los hombres. Los hombres son malos, se dijo Lela. Urgió a su maestro a correr, a escapar de aquella peligrosa urbanización.

    -Maestro, te llevaremos a un lugar donde estés a salvo. McGallard está de nuestro lado. No perdamos más tiempo, oh maestro de luz.

    - Algunas veces hay que decidirse entre una cosa a la que se está acostumbrado y otra que nos gustaría conocer.

    -¿Eso es un “sí”?

    -Así debéis hacer vosotros: manteneos locos, pero comportaos como personas normales. Corred el riesgo de ser diferentes, pero aprended a hacerlo sin llamar la atención.

    -¿Eso es un “sí”, maestro? Es que no me está quedando claro, disculpa.

    -El que está acostumbrado a viajar, sabe que siempre es necesario partir algún día.

    -Bien. Vamos a decir que eso es un sí.

    Y Lela, con otro puntapié, activó a McGallard, que en ese rato había empezado a tocarle con cierta timidez el trasero mientras musitaba “cuuuu-lo, cuuuu-lo”. Su señor highlander no tardó en obedecer. En un santiamén aquel hombretón cargó a los hombros al jabalí, dejándole una pezuña libre para que pudiera ir dando caladas a su oloroso cigarrillo.

    -¡Un momento!, ordenó Lela.

    Detuvo a McGallard, mirándolo de arriba abajo, con un curioso gesto en el rostro, como si se le acabase de ocurrir una idea.

    -Un momento. Déjalo en el suelo, amor. No lo podemos llevar así. Todo el mundo se daría cuenta de que es Paulo Coelho, el jabalí. Tenemos que hacerlo pasar por otra persona.

    -Pero si es un jabalí… -osó decir el espíritu del capitán Gallardo, que había logrado asomar por una rendija del corpachón acorazado de McGallard.

    -No, cielo. Paulo no es un jabalí. Es un maestro de luz. ¡Vamos, haz lo que te pido!, ordenó Lela al tiempo que volvía a sacarse una teta.

    McGallard, de nuevo con las pupilas dilatadas, obedeció al instante. Mientras en su mente sólo sonaban dos sílabas repetidas (teee-ta, tee-ta) hizo lo que su amada le estaba pidiendo: se quitó el uniforme de capitán del Cuerpo y con él vistió a Paulocoelho de punta a cabo, cubriéndole el rostro con las gafas de sol con las que durante décadas había patrullado las carreteras de España. Ya estaba listo. Así nadie lo reconocería jamás. McGallard, cubierto tan sólo con unos inmaculados calzoncillos blancos que a Lela pareciéronle el cielo en la tierra, volvió a cargar a Paulocoelho sobre los hombros y así los tres partieron a casa de Lela, donde planearían detalladamente su escapada.

    Mientras iban caminando, Paulocoelho fumaba y decía con inusitada lentitud:

    -La vida no está hecha de deseos y sí de los actos de cada uno.

    -¿Ves, Gallard, no te había dicho que Paulo era un sabio?

    -Tee-ta, tee-ta.

    -Ay, cariño mío, qué cosas me dices.

    La noche se desplomó sobre ellos justo con el estallido del cachete que entonces Lela dio a su hombre en una de sus gloriosas nalgas de highlander.

    (Continuará)

     

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