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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 18
    Enero
    2016

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    Blue Monday: ¿por qué la tristeza apesta?

    Hubo un tiempo, allá entre el crepúsculo de la república de la adolescencia y el amanecer del imperio de la juventud, en que solía mantener una intensísima correspondencia con una amiga de muchas letras. Escribiendo como para la posteridad, y siempre con foulard, ambos solíamos cortarnos las venas un poco al anochecer y dejarlas correr en aquellos papeles que iban y venían en sobres de su buzón al mío. Un día me llegó la más inolvidable de sus inolvidables cartas. Comenzaba plagiando a César Vallejo: “Hoy llueve como nunca y no tengo ganas de vivir, corazón”. Desde entonces, recuerdo aquellas líneas primorosamente caligrafiadas como la más perfecta y hermosa descripción de la tristeza.

    Hoy es “Blue Monday”, el día mundial dedicado a la tristeza, un sentimiento en franco peligro de extinción. Ya nadie escribe cartas (de ningún tipo) y menos como aquellas que yo recibía un poco angustiado, con la mano en el corazón. Ya nadie está triste en este mundo. Sólo hay que ver los perfiles de la gente en las redes sociales. Su vida es una fiesta perpetua. Estamos a un tris de desarrollar una nueva enfermedad muscular facial de tanto torcer cuello y sonreír para los selfies. ¿Cómo pueden todos haber triunfado tanto?

    El “Blue Monday” se sustenta en una supuesta ecuación matemática diseñada originalmente para ayudar a una agencia de viajes a determinar cuál podría ser la fecha en la que el consumidor se siente más inclinado a reservar sus vacaciones. El resultado del cálculo dijo que el tercer lunes de enero, después de las Navidades, en virtud de un algoritmo de presunta apariencia científica, te entran muchas ganas locas de facturarte a tomar pol saco para ir en pos de la felicidad. Nació el Blue Monday, por tanto, vinculado al marketing del sector turístico. Como la mayoría de esas celebraciones, que siempre son a la postre celebración de alguna venta, inventos para reanimar el consumo en días valle.

    Pero luego el “Blue Monday” ya fue tomando vida propia y ahora es dogma universal que en este día, si no quieres desentonar, tienes que andar mayormente jodido. El supuesto aval científico prendió entre la población. La Ciencia es el gran mantra del siglo y si lo dicen los números, díjolo Dios. Punto redondo. Por eso los medios de comunicación se están llenando de recomendaciones para sacudirse de encima como sea la tristeza preceptiva de la jornada. Y eso es lo verdaderamente triste. Lo aterrador. Nuestros días están empezando a convertirse por obligación en las encantadoras y mágicas jornadas de un parque temático. Cualquier persona sensata que haya visitado Disneyland se habrá sentido atosigado por la continua exigencia de felicidad que se hace a los visitantes. Como dejes de sonreír un solo instante y de morder a la vez el algodón de azúcar, llegan los de seguridad y te echan.

    La tristeza está comercialmente proscrita. Sólo hay tristes en los anuncios de antigripales, pero nada más que al principio del spot. La tristeza está apestada. Y eso que, en moderadas dosis, ella y todos sus derivados proporciona una muy saludable y escasísima templanza. A veces hay que salirse de la fiesta para vivir contento de verdad. La melancolía es muchas veces más fructífera que la histérica carcajada de funda dental de los selfies. Y, por supuesto, también es más bella. Así que es “Blue Monday” y recuerdo largamente: “Hoy llueve como nunca y no tengo ganas de vivir, corazón”.

     

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