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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 19
    Septiembre
    2014

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    De Police a Led Zeppelin, 15 discos que marcan la vida

    En este caso la mía. No todos figuran en las listas de los mejores álbumes de la historia de rock; algunos de ellos ni siquiera están entre mis preferidos. De otros jamás presumiría en público de haberlos escuchado, pero en algún momento de mi vida me acompañaron en etapas de cambio existencial y acabaron alojándose para siempre en mi memoria. Aún los escucho de vez en cuando por el mero placer de amamantar el recuerdo y regodearme en la sana tortura de la nostalgia. Varios de estos discos se amontonan en la discoteca que aloja el cerebro y que nunca abandonan. Quisiera deshacerme de alguno, pero se han acostumbrado tanto a estar ahí que he acabado por asumir que amenizan la banda sonora de mis tiempos muertos. De vez en cuando, sin causa que lo provoque, tarareo sin darme cuenta y me regodeo en aquella sensación que los hizo míos entonces.

    A hard day's night – The Beatles. Conozco bien a los Beatles, pero este álbum anda muy lejos de figurar entre mis discos de cabecera del grupo. La canción que abría la cara B es I should have known better, y es la primera que recuerdo haber oído en mi vida de un grupo pop. Tendría cuatro años la primera vez que la escuché, puede que tres, y fue en Cercedilla (Madrid), lugar de veraneo de mi familia. Un primo mío y yo hacíamos el bobo cantándola mientras el ou ou aaaa de Lennon cobraba vida en un radio-cassette.



    Mediterráneo – Joan Manuel Serrat. Nunca he sido un gran fan de Serrat, pero ser el pequeño de cuatro hermanos me obligaba a escuchar a la fuerza toda su discoteca. Me sé todas las letras. Entre un viejo elepé con La Internacional y otras canciones revolucionarias que sonaba en mi casa al cabo de morirse Franco y viejas cintas de Bambino, aparecía el noi cantando si te acercas y te vas después de cruzar mi aldea. Y a mí aquello me gustaba.

    Even in the quietest moments – Supertramp. Mis compañeros de colegio me regalaron este disco en mi undécimo cumpleaños. Era 1977 y fue el vinilo con que abrí mi discoteca particular. Los cien primeros los colocaba en fundas en riguroso orden de entrada. A partir de ahí me cansé y pasé a ordenarlos de cualquier manera. La última vez que conté mis vinilos, CD y cintas de cassette superaban los 3.000 y también me cansé. Todavía me emociono al escuchar Give a little bit y ver la portada con ese piano nevado.

    Made in Japan – Deep Purple. Los de mi generación éramos mucho de quedar en casa del amigo para escuchar los discos propios o los del hermano. Superada la fase moña de Supertramp, descubrí en el 77 el riff de Smoke on the water, el chorro de voz de Ian Gillan en Child in time y el poderoso arranque de Highway star. Ésta última continúa sorprendiéndome en el modo aleatorio del iPod un par de veces al año. Cuando suena, pido silencio.

    The song remains the same – Led Zeppelin. Otro disco de viernes por la tarde después de colegio. Escuchar Whole lotta love constituyó para mí un impacto fenomenal. Aquello cambiaba todo. Lo primero que hice cuando aprendí a tocar la guitarra fue intentarlo con Escalera al cielo. Nunca he conseguido pasar de la primera nota, pero esta pieza de orfebrería musical y la discografía entera de los zeppos deberían enseñarse en los conservatorios. Cada 1 de enero, después de las campanadas de Nochevieja, el brindis con sidra y los besos, comienzo el año con Rock and roll. No conozco otra forma mejor de hacerlo.

    Close to the edge – Yes. Con 12 años yo todavía escuchaba lo que entonces llamábamos rock sinfónico. Ahora lo llaman progresivo. El caso es que me empapé la discografía entera de Yes, de Relayer a Tormato. Sonaban pájaros, Jon Anderson tenía la voz de una anciana afónica y las canciones duraban toda una cara, pero aquello me parecía el colmo de la intelectualidad. Mis compañeros de clase escuchaban a Anita Ward y yo a Rick Wakeman, y eso me convertía en un mongui muy listo. Y muy gilipollas: ninguna chica en su sano juicio se acercaría a menos de 30 metros de un fan de Yes.

    Regatta de blanc – The Police. En 1979, convaleciente de una operación de apendicitis, el mismo primo con el que escuchaba a los Beatles me regaló su ejemplar de Regatta de blanc. Meses antes, yo había comprado en una tienda maravillosa de Benidorm los singles de Message in a bottle y Walking on the moon. No conocía más del segundo álbum de Police. Esa misma tarde, con los puntos de la operación aún recientes, calculo que pinché aquél disco no menos de diez veces. Perfecto de principio a fin. Bring on the night, Does everyone stare, The bed's too big without you,... y esa maravilla a 200 por hora titulada No time this time. Indeciso como yo era entonces dudé entre ser batería como Stewart Copeland o bajista como Sting. Todavía no me explico cómo convencí a mi padre para que me comprara un bajo en la calle del Arenal (Madrid), un Eko italiano tallado en madera precioso. El mismo que sigo tocando 35 años después.

    The rise and fall of Ziggy Stardust and the spiders from Mars – David Bowie. Admito que fui un descubridor tardío de Bowie. El Duque tenía ya una carrera más que asentada cuando con 16 años un compañero me grabó una recopilación de Bowie en una TDK de cromo de 90 minutos. El Ziggy estaba entero. No podía no estarlo. Aquello me cautivó, yo quería ser Starman, casarme con Lady Stardust, viajar a Sufragette City, ser un suicida del rock and roll. ¿Dónde había estado metido ese tipo hasta entonces? ¿Qué había hecho yo con mi vida? ¿Por qué cojones perdí el tiempo escuchando a Yes? ¿A qué huelen las nubes? Puedes cansarte de una película tras haberla visto 30 veces. O verla un par de tardes al año durante toda tu vida (otro día hablaremos de El Padrino). Pero no puedes zambullirte en Ziggy Stardust y que ese día no represente nada para ti. Si te gusta la música, este disco no puede dejarte indiferente jamás. Si lo hace, eres de esas personas que creen que una canción es eso que suena de fondo mientras friegas los platos o haces el trenecito en una boda. Que te pires ya, hombre. Fue escuchar ese disco y considerar un simple pasatiempo todo lo que había oído hasta entonces.



    Boys don't cry – The Cure.
    En 1980, los Cure grabaron Boys don'y cry. Así se tituló en EE UU, a diferencia de Inglaterra, el país de procedencia de la banda, donde el primer álbum del grupo llevaba por título Three imaginary boys. La Cura aún no se componía de Robert Smith y los que le acompañaban, sino que, al igual que The Jam, se trataba de estructurar un formato de trío como consecuencia del odio a los teclados generado por el punk. Fue en la edición americana donde se fueron quitando y añadiendo temas de la copia británica, incluido el archifamoso Boys don't cry y joyas luego tratadas de políticamente incorrectas como Killing an arab. Yo no descubrí aquel disco hasta una tarde en La Vía Láctea (Malasaña), en el año 1983, en la primera reunión del comité de redacción del fanzine donde comencé a escribir con 16 años (Munster, del que me echaron). Tras debatir los contenidos del número 0 nos dedicamos a beber hasta casi perder el sentío. En los altavoces sonaba Boys don't cry y fruto de la borrachera me dio por llorar. The Cure siguen estando hoy entre mis cinco o cien bandas preferidas.

    Grandes éxitos – Alaska y los Pegamoides. En octubre de 1982 me llevaron engañado a la Escuela de Caminos a ver a los Pegamoides. Yo estaba enganchado a AC/DC y a sus dos primeros discos con Brian Johnson, pero allá que me fui con un familiar y amigos comunes. Acabé flipando. Aquello era algo más que Bailando. Al día siguiente me compré el Grandes éxitos y guardé los vinilos de heavy metal. Para mi desgracia no volví a escuchar a AC/DC hasta los 90, pero aquella noche en Caminos me cambió la vida.

    El acto – Parálisis Permanente. Los Pegamoides se separan (¡oh, no!), pero quedan Parálisis (¡oh, sí!). No soy capaz de aventurarme a calcular las veces que he escuchado ese disco, pero con él aprendí a tocar la batería sobre dos cojines y una pandereta haciendo las veces de crash. Sado, punk, dominación, Bowie, Iggy Pop, el color negro, las gorras de plato, cuero... y esa foto de Pablo Pérez Mínguez con Eduardo Benavente y Curra en plan dominatrix que se convirtió en la fantasía húmeda de mi generación.



    Cuatro rosas – Gabinete Caligari.
    En 1984, el Gran Musical de los 40 Principales se organizaba en un teatro de Atocha. Jaime, Ferni y Edi eran los más chulos de Madrid y acababan de inventar el rock torero. Hicieron un paréntesis en el rock cañí para grabar esta maravilla de seis canciones. Perfecto del primer al último surco. Su salida al mercado, discreta y nada proporcional al éxito posterior de la canción que daba título al disco, avanzaba ya el fin de la comúnmente llamada Movida madrileña, pero a esas alturas de la historia ya estaba todo hecho y Gabinete pusieron el corolario ideal de una época que no fue ni tan gloriosa ni tan petarda.

    Senderos de traición – Héroes del Silencio. Había escuchado el primer disco de Héroes y me parecían un grupito de fans con aires de Europe y Bon Jovi y cantante más o menos insoportable. En 1990, volviendo de Sierra Nevada con algunos de mis mejores amigos, uno de ellos no paró en todo el viaje de poner la cassette de Senderos. Una vez, y otra, y otra, y otra. Al llegar a Alicante me hice fan incondicional del grupo y durante los seis años siguientes no me perdí una sola gira. Volví a verles en 2007 ante 120.000 personas en Cheste, y tengo ese concierto como uno de los mayores espectáculos del planeta, aunque me quedo con una actuación en Benidorm Palace ante poco más mil y pico festeros durante las Fiestas Patronales de lo que desde hace años vengo en llamar mi pueblo.



    Coming up – Suede. En 1996, como cada año hasta su muerte, mi madre me llamaba para preguntarme qué quería por mi cumpleaños. Mi madre era una madre de las de antes, de las de Burlan Caster (Burt Lancaster), Húmbery Bógar (Humphrey Bogart) y Jene Quelli (Gene Kelly). Me costó un rato deletrearle por teléfono el disco que quería y el nombre de la banda, pero cuando acudió a El Corte Inglés a comprarlo no tuvo problemas. Internet apenas existía pero había una cosa carísima llamada Ibertex que representó el origen en España del acceso a la www. Eran horas y horas enganchado a esa red mientras de fondo sonaban Trash y Beautiful ones. Qué pedazo de disco. Y qué factura de teléfono.

    Adele 21 – Adele. Algunos se preguntarán qué pinta este disco aquí. Pues yo se lo cuento. Me enamoré de mi mujer a golpe de Adele. Jamás se me habría ocurrido escuchar a esta artista, pero me llamó la atención su versión de Lovesong de los Cure, y sobre todo Rolling in the deep, One and only y Someone like you. El disco acababa y volvía al principio como en un bucle en el CD del coche mientras volaban las horas hablando, ya saben. Conozco a pocas personas que canten peor que mi mujer... y a ninguna como ella. Love u baby.

     

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