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  • 11
    Diciembre
    2015

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    La generación de los 70

    Cuando Michel de Montaigne constató que la vida avanza por un camino ondulante, en el que se alternan los dados de la fortuna, también pensaba en el cambio generacional. La generación de la década de los cincuenta –fundamental para la historia democrática de nuestro país- va dejando paso a la de los setenta. Tres de los cuatro candidatos principales a las generales de diciembre nacieron en esta década, al igual que la vicepresidenta del gobierno y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Si fuéramos sintéticos, diríamos que la vieja política es la década de los cincuenta y la nueva la representan los setenta, al menos hasta que lleguen con fuerza los millennials nacidos en los ochenta.

    Primero el pasado. Los años setenta fueron una época de grandes cambios en España: en 1975 murió el dictador y el franquismo decidió hacerse el harakiri. La Transición fue un pacto general con el aglutinador de las clases medias, una experiencia inédita en la historia española. Las transformaciones se sucedieron a gran velocidad, aunque sin episodios especialmente abruptos, si excluimos el 23-F.

    Muy pronto, ya en los ochenta, las libertades democráticas se conjugaron con el socialismo moderado de Felipe y el europeísmo acelerado de un país que quería abrirse al progreso. Los niños de los setenta fueron la primera hornada de españoles formados plenamente en democracia, con lo que ello supone en el ejercicio de los derechos y de las libertades. Fue, hay que decirlo, una generación generosamente educada en el optimismo. El relato social pasaba por la universidad, el gran propulsor social. Los estudios superiores debían garantizar el acceso a una clase media, que dijera adiós a las limitaciones del pasado. Fue además, y esto es importante decirlo, la primera generación que miró casi en exclusiva a los Estados Unidos como modelo cultural, alejada de la influencia intelectual, periodística y musical de Francia.

    Por supuesto, ese relato que había surgido en los 70/80 se quebró ya en los noventa. El estallido de casos de corrupción en los últimos años del felipismo, la crisis económica, la falta de empleo de calidad, el tapón social…, hizo añicos el discurso del optimismo. La generación de los setenta se hizo mayormente conservadora en contraposición con el agotamiento del PSOE. La influencia americana también se notó en este aspecto y durante unos años el aznarismo floreció entre los jóvenes. El idilio duró poco: apenas una legislatura. Se trataba en todo caso de un conservadurismo más profesional que ideológico, más amante del confort y de los valores individuales que de lo castizo y cañí.

    Así como las generaciones posteriores responden a características de una mayor politización, la faja sociológica de los nacidos en los setenta –ahora treintañeros y cuarentones-cuenta con un perfil menos acentuado. Es algo que se puede comprobar incluso entre sus líderes. De Soraya Sáenz de Santamaría se ha escrito en alguna ocasión que, de joven, tanto podría haber terminado en el PP como en el PSOE y, desde luego, dista de representar los valores ideológicamente más conservadores de su partido. Rivera presume de situarse en el centro estricto de la sociología española y sus propuestas electorales –como el contrato único - apuntan hacia un espacio postideológico. Falto de un discurso propio, Pedro Sánchez también apela a una transversalidad no estrictamente socialista (de ahí, algunos de los nombres en su equipo, como Irene Lozano). Sólo Pablo Iglesias y Ada Colau rompen con este esquema generacional.

    De la generación de los setenta cabe esperar una política mucho menos ideologizada, inocente hasta cierto punto, con un menor sentido de nuestro pasado, en ocasiones arrogantemente profesional, ritual en las formas pero descreída en el fondo y con un fondo individualista y anglosajón. Es probable que la generación de los setenta no dure mucho: quizá dos legislaturas. Lo justo y necesario.

     

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