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  • 22
    Agosto
    2016

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    Economia vigo

    El juego, mecanismo primordial para el aprendizaje infantil

    El juego constituye una parte muy importante de la rutina de los más pequeños. Todas las culturas tienen tradiciones relacionadas con actividades lúdicas, por lo que el ser humano siempre se ha aprovechado de los beneficios del juego casi de forma instintiva. Todos los niños se divierten cuando juegan y, en su caso, hay que reconocer que la gran mayoría de los adultos también disfrutan con el juego.

    No son pocas las teorías pedagógicas que han afirmado que el juego es una herramienta perfecta para aprender y desarrollar capacidades de todo tipo: en contra de lo que se podría pensar, jugando no sólo nos divertimos, también aprendemos.

     El juego, mecanismo primordial para el aprendizaje infantil

    Participación, actitud y sentimiento: el potencial del juego

    Jugando experimentamos sentimientos y emociones que, trasladados al mundo de las edades tempranas, suponen una gran oportunidad para gestionar la afectividad. En este sentido, el juego abre una puerta al autoconocimiento de los más pequeños, que aprenden y viven como pueden sentirse reaccionando a los estímulos de una actividad que, en términos generales, es placentera, divertida y entretenida.

    Los sentidos de la autonomía, la competencia y la relación también pueden adquirirse y aprenderse mediante el juego. Ya sea en grupo, por parejas o individualmente, todos los juegos aportan unas u otras herramientas para desarrollar determinadas capacidades o habilidades personales o sociales, por lo que divertirse por ejemplo con juegos de animales siempre será un acierto. Si a esto añadimos los resultados de los estudios que demuestran que el aprendizaje es más sólido cuando se adquiere jugando y divirtiéndose, la conclusión es todavía más firme: jugando aprendemos mejor.

    Aprender mediante el fracaso y con motivación

    Las posibilidades de que el juego ofrece en términos de ganar o de perder también suponen una gran oportunidad para aprender del fracaso. Perder jugando facilita el desarrollo de actitudes tolerantes hacia la frustración y, en este sentido, la acumulación de experiencias negativas es de gran utilidad para generar nuevos retos que pongan a prueba las habilidades -paciencia incluida- del individuo. No hay nada mejor que el juego para aprender a materializar emocionalmente los costes de los errores.

    A pesar de la posibilidad de perder, de frustrarse y de decepcionarse, la dinámica del juego transforma estos sentimientos en un reto de carácter personal que, lejos de afectar negativamente a la persona, le animan a persistir sin abandonar. La pérdida se convierte así en una motivación constante para no dejar de aprender de los errores cometidos, por no rendirse y por confiar en las capacidades propias.

     

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