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ABRIMOS A MEDIODIA
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BEATRIZ AROSA

CADA DIA ME GUSTA MENOS MADRUGAR. COMO ME GUSTARÍA QUE ME TOCASE EL EUROMILLÓN!!

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EN REALIDAD, ESTE BLOG ESTÁ ABIERTO A TODAS HORAS, A TODAS LAS PERSONAS Y A TODAS LAS OPINIONES.


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  • 20
    Agosto
    2014

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    LOS PERROS DE LOS AMOS

     

     

    Vaya por delante la afirmación (verdadera) sobre mis sentimientos: los perros me gustan. Sus dueños (no todos, claro está), no tanto. 
     
     La otra tarde se me ocurrió bajar al parque de al lado de casa, con su césped estupendo, bien cuidado, donde durante el día se sientan los adolescentes a charlar de sus cosas o juegan los niños (se tiran por la hierba, se rebozan, polis y cacos, fútbol o lo que se tercie). Ya eran las 9 y media, anocheciendo, y observé un poco perpleja que el césped era patrimonio exclusivo de los perros. Al menos conté una docena de canes haciendo sus necesidades en la misma hierba donde durante la tarde jugaban los chavales. Por la forma en que se saludaban sus propietarios adiviné que todos los días coincidían en semejante faena.
      
    Es verdad que los dueños se ocupaban de recoger los residuos sólidos (lo cual no quiere decir que aquello quedase limpio del todo), pero la cantidad de orines que quedaron allí me dejó atónita (¿qué capacidad tiene la vejiga de un perro, dios santo?).
       Ya sé yo que los animalitos tienen que hacer sus cosas en algún sitio, pero cerca de ese parque hay varias fincas muertas de risa llenas de hierbajos silvestres y maleza. La pregunta es más que obvia: ¿Por qué coño no llevan a los perros allí? ¿A los dueños les da igual dejar el parque sembrado de pises una noche y otra y otra, en el mismo césped en donde es posible que mañana jueguen sus propios hijos? ¿Habrá una normativa municipal que regule esto? (He de enterarme, eso seguro) Y si la hay ¿quién vigila que se cumpla?
    Yo he visto dueños de perros que jamás han recogido las cacas de sus canes ni en parques, ni en la acera, ni en ningún sitio (y me acuerdo especialmente de uno (el perro) que era un labrador grande y que dejaba unos regalitos que debían pesar medio kilo). Y allí quedaban, en la calle, día tras día.
    Y no les digas nada que enseguida te sueltan “Métete en tus asuntos que mi perro es muy limpio, mucho más limpio que algunas personas, ya vendrán los del ayuntamiento y lo limpiarán”. Claro, me dan ganas de contestarle “Pero si yo no le estoy llamando guarro al perro, anormal, te lo estoy llamando a ti”.
     
    Enfrente de mi casa en una finca había un perro (atado) que ladraba día y noche sin descanso. Por el día no pasa nada, al fin, los ladridos apenas se oyen con los ruidos de los coches y la actividad cotidiana de la ciudad. Pero por la noche, y sobre todo en verano (ventanitas abiertas con el calor) era una pesadilla. Como dice la canción de Sabina: “Y nos dieron las 10 y las 11, las 12 y la 1 y las 2 y las 3” y el perro sin cerrar la boca. Au, au, au, au, au, au. (No decía guau, solo au)
    Fui a hablar con el dueño para que hiciese algo (incluso le insinué que la comunidad de vecinos podía denunciarlo) y me contestó dos cosas: “Una. Mi perro no ladra (Sandiós, este tío está sordo perdido), y dos, tengo muchas cosas que hacer”. O sea, un “vete a la mierda” bastante sutil.
    Aun así, el hombre decidió desatar al can y dejarlo libre por la finca. Mano de santo. El perro no volvió a ladrar. Y yo (y los demás vecinos, supongo) encantados.
     Otra de perros. Yo tenía una amiga y, a veces, iba a visitarla a su casa. Tenía un pastor alemán, o sea, grandecito. Además de haber pelos de perro por todos los lados, la casa olía a perro, el ascensor olía a perro, la ropa de mi amiga (y ella también) olía a perro. Tanto es así que cuando murió el can, durante más de un año esa casa siguió oliendo a perro.
    Cada vez que yo iba allí, y a guisa de saludo, supongo,  me metía el hocico para olisquearme por todos los sitios (y quiero decir, por todos los sitios), después se enamoraba de mi pierna, se subía y tracatrá, dale que te pego. Cuando mi amiga ponía algo de comer encima de una mesa de estas bajas, delante del sofá, primero venía el perro, olisqueaba las viandas y luego ya, comíamos nosotros.
    Una vez, le llamé la atención. “Nena, es tu perro y es muy simpático pero no puedes consentir que olisquee la comida, que se le suba encima a las visitas, ni que nos tengamos que sentar en el suelo porque él está en el sofá”. Ella me dijo: “El perro está por encima de todas esas consideraciones”. Vale, pues te quedarás sin visitas, y sin amigos. No digo más que hubo una temporada en que tuvo una perrilla más pequeña que dormía con ella en la cama (No, no digo, a los pies, como hacen muchos, digo metida entre las sábanas y con la cabeza apoyada en la almohada)
    También los hay (dueños, me refiero) que dejan que sus perros (los mismos que cuando van por la calle olisquean el culo de otros perros, las cacas de otros perros y los pises de otros perros), decía, permiten que sus mascotas, para demostrar su afecto (que eso sí es genuino, ni se me ocurre cuestionarlo) les chupeteen la cara y la boca. Lo voy a decir bien alto: por limpio que tengas al perro, eso me parece una guarrada.
     
     
     
     
    En fin, que el perro es amigo fiel, incondicional compañero, te proporciona muchas satisfacciones, compañía y afecto sin límites, pero los dueños que no limpian sus cacas, que dejan que se meen por cualquier sitio, que los dejan olisquear los alimentos o que les chupeteen la cara son una panda de guarros. Talogo.
     

     

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